
Rodeado de siete países —Argelia, Níger, Mauritania, Senegal, Costa de Marfil, Guinea y Burkina Faso—, Malí es el corazón de África, de una África recóndita y pobre que sobrevive en un territorio dominado por el desierto.
El río Níger es la arteria principal. En sus orillas se asienta una población multiétnica y en parte nómada, que subsiste de la agricultura y la pesca. La etnia mayoritaria son los Bambara, le siguen los Bella, Bozo, Dogon, Fulani, Malinké y Sounghai.
Pero Malí también es el reflejo del África ancestral, de las viejas tradiciones culturales y religiosas en las que se combina el credo musulmán con las creencias cristianas y animistas.
Es un país de contrastes, en el que se une las idiosincrasias del África Negra y el África Blanca. Distintas lenguas y dialectos, leyendas, mitos y grandes músicos, hacen que el viajero que llegue hasta aquí olvide por momentos la cruda realidad en la que viven sus habitantes.
Si alguna vez se ha sentido atraído por el legendario viaje de las caravanas desde el sur de Marruecos hasta Tombuctú y el río Níger, y no es de los que planifican sus vacaciones con agencias convencionales de turismo, puede que éste sea un buen motivo para que se adentre en este país africano, tan desconocido como hospitalario.
En las orillas del Níger se asienta una población multiétnica y en parte nómada, que subsiste de la agricultura y la pesca
No es preciso que llegue en avión. Si realmente tiene ganas de aventura, hay atractivas propuestas de viajes organizados con pequeños grupos que llegan hasta Malí tras recorrer la costa de Marruecos y Mauritania en 4×4. Una alternativa que le permitirá conocer de cerca distintas culturas y disfrutar del paisaje único y la afabilidad de las gentes que lo pueblan.
Si decide viajar a Malí en verano, no se apure, el calor se puede soportar porque coincide con la estación de las lluvias. No se olvide de llevar una mosquitera para que los insectos no le molesten.

Entre el Níger y el Sáhara
La capital de Malí, Bamako, en el sudoeste del país, cuenta con alrededor de dos millones de habitantes. Aunque es la ciudad más poblada del país, no posee demasiados reclamos turísticos. Los mercados, donde bulle la vida, son los lugares de más encanto, como el de artesanos junto a la gran Mezquita, donde se pueden encontrar desde piezas de barro y máscaras de madera, a animales disecados.
Desde Bamako, si se sigue el caudal del legendario Níger, hacia el norte, se encuentra Djenné, en el pasado una de las ciudades más relevantes de África Occidental. Es una ciudad religiosa que cuenta con una impresionante mezquita de adobe; le separan 125 kilómetros de Mopti, emplazada en la confluencia del río Níger y Bani.

Ségou, una tranquila localidad a orillas del Níger, es otra ciudad que se debe visitar. En una pequeña aldea de Ségou se encuentra la tumba del primer rey bambara, la etnia predominante.
Pero el principal destino de los aventureros es la mítica Tombuctú. A las puertas del Sáhara y medio enterrada en las arenas del desierto, se alza esta ciudad misteriosa que antes de caer en el olvido fue un destacado centro de reproducción y venta de libros.
La ciudad de los 333 santos
La ciudad de los 333 santos, como se conoce a Tombuctú, fundada por los Tuareg en el 1100 durante la dinastía Mandinga, fue un notable punto de encuentro y de trueque de las caravanas que llegaban desde el norte, cargadas con mercancías muy apreciadas, como la sal, ésta última una importante moneda de cambio para adquirir otros bienes entre las tribus negras, entre ellos el oro. El comercio ha sido desde entonces una actividad unida a la historia de este país.
El primer europeo que alcanzo Tombuctú fue el explorador Alexander Gordón
Como dice un antiguo proverbio de Mali: “El oro viene del sur, la sal del norte y el dinero del país del hombre blanco; pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios sólo se encuentran en Tombuctú”.
Su periodo de mayor esplendor, según anota la propia historia, lo vivió entre 1493 y 1591, durante el reinado de los Askia y en ese tiempo alcanzó una población de 100.000 habitantes. Luego fue conquistada por las tropas del sultán de Marruecos y estuvo bajo dominio marroquí casi un siglo. Pero el sometimiento no impidió que esta ciudad legendaria se hiciera famosa por su cultura, convirtiéndose en un destacado centro de estudios islámicos. Ni siquiera la colonización francesa que se mantuvo desde 1893 hasta 1960 pudo ensombrecer su legado.

La muralla que rodea a Tombuctú, construida durante el siglo XV y de unos cinco kilómetros de longitud, es una de las singularidades de esta ciudad del desierto con sus típicas casas de adobe y estrechas callejuelas acosadas por las dunas. Es famosa la mezquita de Djinguareiber, la única que pueden visitar los que no practican el islam. La construyó Isaac es-Saheli, en 1325, por encargo del emperador Kankan Moussa.
La mezquita Sankore, ahora universidad islámica y la Mezquita Sidi Yahia son otras de las joyas de esta ciudad, conocida como La Perla del Desierto. No en vano, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
La Biblioteca Andalusí, inaugurada en 2003 reúne decenas de miles de manuscritos y valiosos documentos, algunos de los siglos XV y XVI.
Manuscritos legendarios
Durante siglos Tombuctú brilló gracias a su estratégica situación entre el desierto del Sáhara y el Níger, el principal río de África Occidental, con más de 4.000 kilómetros de longitud.
Tombuctú fue la sede de la universidad de Sankore
Ambas consituían las dos únicas vías de comunicación para el transporte y el comercio con los países del entorno. Los comerciantes que llegaban del otro lado del Mediterráneo y del Medio Oriente en las caravanas, además de sal, telas y especias traían libros que vendían, intercambiaban o compraban por otros caligrafiados en sus lenguas locales.
Además, la ciudad maliense fue la sede de la universidad de Sankore, que en su época más floreciente llegó a reunir más de veinte mil investigadores. Muchos de ellos ejercieron la función de escribas y copiaron los distintos manuscritos que llegaron a sus manos de otras culturas. No pocos de ellos terminaron en sus bibliotecas privadas.
Buena parte del conocimiento propio de la época fue transferido a estos manuscritos que abordaban todas las áreas del saber; desde botánica y biología a geometría y astronomía, así como El Corán o biografías del profeta Mahoma.

Ciudad prohibida a los infieles
Los viajeros europeos que en el pasado arribaron en Malí, tras atravesar un mar de arena, no tuvieron demasiada suerte en su aventura. Poco debían saber de las normas de la ciudad maliense cuando emprendieron el viaje hacia esta tierra prohibida para los que no profesaban el islam.
El primer europeo que alcanzo Tombuctú fue el explorador Alexander Gordón. El viaje de este intrépido escocés fue corto. Partió de Trípoli en febrero de 1825 con el objetivo de estudiar la cuenca del río Niger. Llegó a Tombuctú en agosto de 1826 y pocas semanas después, el 26 de septiembre de ese mismo año, fue expulsado de la ciudad. No llegó lejos, fue asesinado en sus alrededores, en el desierto.
Unos años después, el marinero francés Paul Jubert, naufragó frente a las costas de Marruecos y Senegal, donde fue hecho prisionero y posteriormente vendido como esclavo.
Al que mejor le trató el destino fue al también francés René Caillié. Procuró mimetizarse con el ambiente, disfrazándose de musulmán. Llegó a esta ciudad navegando por el río Níger.
:: Los músicos de Malí
Las música maliense expresa su lengua vernácula a través de ‘la kora’, un instrumento tradicional similar al arpa cuyo conocimiento se transmite de padres a hijos.
Tumani Diabate, Alñi Fraka Toure, Saban Niafunké o Salif Keita, son sólo algunos de los músicos brillantes de este país en el que se entrecruza el África Negra y el África Blanca. Su canto, evoca al de los esclavos que salieron de Malí, a través del Níger. Una música que les acompañó en su exilio forzoso hasta los campos de algodón de Estados Unidos y de la que nació después el Blues. Una melodía triste y cargada de sentimientos.
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