Lo sé, lo sé, parece el título de una de las Crónicas de Narnia y, en cierta manera, la cosa va de cuentos. Exactamente de cómo reinterpretar esa sarta de fantasías animadas de ayer y hoy con las que nos provocaron un trauma casi irreversible en la infancia y del que hemos podido casi recuperarnos con la ayuda de cienes y cienes de decepciones y fracasos que nos generaron nuevos daños irreparables. Lo dicen las viejas del lugar: “El daño de un trauma con otro verde se… empieza una colección”.
Antes de seguir debo comentarles que la columna de hoy la escribo con la ayuda de mi mejor y único asistente personal: Mi única y mejor hija de 13 años.
Érase una vez… Así empezaban los cuentos, toditos todos, pero continuaban “en un país muy, pero que muy lejano… “. Pues bien, esa frase no la llegamos a asimilar nunca. Preferimos unir fragmentos como “amor verdadero, príncipe encantador y vivieron felices por siempre”. (Aprovecho para informarles de que los Cuentacuentos no tienen libro de reclamaciones).
Esta ha sido una semana de cuentos. Por un lado, el de La CeniBea y por otro el de Carrie sin miedo. Yo prefiero el segundo. ¿Por qué? Porque yo lo valgo. Bueno, en realidad lo valen todas las mujeres que han aprendido a quererse a sí mismas aunque el espejo les refleje una Bea. Eliminamos Betty la fea porque a pesar de que la belleza está en el interior, la protagonista ha tenido que acudir a Cambio radical para ofrecer la imagen de una mujer capaz de enamorar a alguien. Nadie tiene en cuenta su Master, su capacidad para hablar siete idiomas y otras cualidades como el sentido del humor, el optimismo, el ingenio… Éste, y los otros 1.000 cuentos, nos presentan a muchos hombres que se quedan en la epidermis, alguno que pasa a la dermis y el que más se aproxima al corazón es porque ha hecho parada en la cartera.
Asumo que es poco verosímil que una columnista del Daily Star se pueda calzar cada día unos Manolos, que cuestan el salario base del sector hostelería, y que su armario parezca un especial de Vogue
Sin embargo, aunque la mayoría opine lo contrario, Sexo en Nueva York es mucho más auténtico y profundo. Asumo que es poco verosímil que una columnista del Daily Star se pueda calzar cada día unos Manolos, que cuestan el salario base del sector hostelería, y que su armario parezca un especial de Vogue. ¡Quitemos el envoltorio! De repente aparecen cuatro mujeres de carne y hueso o una sola que comparte la creatividad de Carrie, la responsabilidad de Charlotte, el escepticismo de Miranda y el descaro de Samantha. Muy pocas personas, tras vivir años de infelicidad, reciben la visita de un hada que convierta su utilitario en deportivo y que siente al volante al Príncipe de las Galletas.
Lo normal es que nos sometamos desde la adolescencia hasta la madurez a una Gimkana de pruebas capaces de acabar con el corazón de Induráin. Me dí cuenta de que Sexo en Nueva York es auténtico cuando comprobé que sentadas en la oscuridad del cine, la mujer de 40, la joven de 20 y la adolescente de 13 reíamos, reflexionábamos y dejábamos escapar una lágrima en los mismos momentos.
Por eso, cuando los guionistas lo llaman sexo quieren decir relaciones. “Relaciones que te abren puertas nuevas y exóticas, otras viejas y familiares, unas que te llevan lejos del punto en el que estabas y otras que te devuelven a él. Relaciones que te llevan a hacer cosas inesperadas y otras que te llevan a hacer lo que siempre quisiste, pero la relación más intensa y difícil es la que tienes contigo mism@“.
PD.- La serpiente tentó con la Gran Manzana a la mujer porque tenía mayor espíritu de superación. Se pasó un poco pero la intención era buena.
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