El nómada prepara su mochila. Cuidadosamente enrolla algo de ropa e introduce algo de comida y algunos utensilios elegidos bajo una economía del espacio y el peso extremos. “Sólo lo necesario” acepta su espalda. Todo en él —en su equipaje, en su indumentaria, en sus pensamientos— se sostiene por una lógica de la necesidad a la que se agarra todo su ser. Lo que porta es lo que ahora posee, de ello dependerá su subsistir; ha de ser —por tanto— necesario.
En el viaje el ser se arriesga a perderse a sí mismo para reencontrarse, tal vez, a mil kilómetros de distancia. El camino da lecciones de transitoriedad a cada instante. Los paisajes reciben la mirada del viajero como una nada sobre la que construir un todo. Todo se difumina, todo se encadena, como un sueño que se retuerce a sí mismo. Cualquier camino es “el camino”.
Ser más veloz que las imágenes, esta es la máxima del viajero, en contraposición a la búsqueda y captura de imágenes del turista
Ninguno mejor que otro, la elección del camino es una decisión también de necesidad. ¿Qué necesito de este camino y por qué lo voy a tomar? Sea cual sea nuestra elección, el destino explicará su recorrido y nos hará comprenderlo finalmente como unidad y no como yuxtaposición de trayectos.
“Si emprendes un camino, llegarás” escribe Bill Viola. No importa cual sea el transporte elegido para viajar siempre y cuando comprendamos que lo que hacemos es dejar atrás imágenes. Ser más veloz que las imágenes, esta es la máxima del viajero, en contraposición a la búsqueda y captura de imágenes del turista. En ella radica todo su disfrute, en la blanca ceguera que nos precipita, vacíos, dispuestos a recibir destinos; provistos únicamente de lo que soporta nuestro ser, lo mínimo necesario. Una conciencia ligera, preparada para la fuga. La supervivencia del ser, un desafío a lo ínfimo que ensanchará nuestra receptividad hacia lo inconmensurable del mundo.
Moda | 25-05-2008






















