Por fin León a la cabeza de algo digno de figurar en las páginas de realce de la prensa nacional. Se acabaron los tiempos de ficticia donosura en los cuales culturetas, políticos y sindicalistas emigraban de esta tierra inhóspita rumbo a Madrid con un bocata de mortadela debajo del brazo para volver meses después, de visita, a la espera del recibimiento que Napoleón Bonaparte halló en su regreso a Francia tras el destierro a la isla de Elba; eso sí, con un estómago doce veces más inflado en su volumen y un mérito que sólo los arrendadores de ese contenido barrigudo apreciaron en lo que les costó.
León sí, esta vez, referente nacional por derecho propio y sin necesidad de profetas que luego pasen factura a cambio de una jubilación exenta de trayectoria laboral alguna
Estos insignes leoneses, auto elegidos representantes de una urbe en franca línea de putrefacción orgánica, protagonistas de una película de terror que ellos, hábiles faranduleros, han sabido transformar en comedia de grueso humor, ya no son los principales abanderados de esta capital de provincia que Herrera traspasaría a Extremadura a cambio de un par de cerdos con los que engordar su bien nutrida despensa.
Ahora la ciudad nacida como campamento romano de la Legión VI allá por los años en los que la UPL intentaba aconsejar al emperador de turno sobre la importancia de mantener la fidelidad a unas ideas —las que fueran a tenor de lo que uno puediera recibir a cambio—, tiene a una clínica como máximo exponente de lo que aquí se guisa, que no es poco aunque el feudatario de Moncloa que alberga por aquí en calidad de alcalde piense lo contrario en beneficio de su propio sentir como principal responsable del negocio de los muertos que vayan cayendo por el camino. León sí, esta vez, referente nacional por derecho propio y sin necesidad de profetas que luego pasen factura a cambio de una jubilación exenta de trayectoria laboral alguna.
Técnica laparoscópica —desarrollada en uno de los sanatorios más célebres del núcleo urbano local — se llama el invento que periódicos y demás medios de información nacionales sitúan a la cabeza misma del entramado anti-obesidad que circula por ahí a modo de reclamo para alcanzar una especie de nirvana a través de la enjutez corporal, una vez conseguida y superada la relativa a la mental.
El meollo del invento no es baladí (palabra cursi donde las haya que forma parte del diccionario de cuatro palabras que cualquier político vecinal con ínfulas vocingleras sabe que resulta demoledor ante los representantes de la gran metrópoli cuando de saldar cuentas con las Cortes de Castilla y León se trata), sino más bien digno de ser publicitado en la indumentaria de la Cultural y Deportiva Leonesa para, al menos, ser difundido por los alrededores de Puente Castro.
El secreto consiste en adelgazar al/la individuo/a que se lo proponga y no lo haya logrado mediante los procedimientos dictados por las autoridades competentes, léase la hipoteca, la situación de paro, la amenaza de embargo del banco, la subida de un recibo de la luz que nos ha dejado a dos velas, el descomunal vuelo al alza del IBI, los impuestos sacados de la manga para cubrir desaceleraciones en la vida común y corriente del elemento votado en las urnas para defender intereses ciudadanos y la SGAE con sus ‘mordidas’ regidas por el BOE.
Ante tal resistencia sólo cabe la intervención quirúrgica, y en el susodicho dispensario de pago la llevan a cabo de fábula y sin apenas sangre gracias a una microcámara que permite al equipo de médicos ver el campo a tratar dentro del paciente. Éste sale como nuevo, sin heridas y con mayor poder adquisitivo merced al ahorro de condumio. Abonar la cuenta del supermercado de El Corte Inglés de nuestros valedores municipales resultará de este modo más asequible. Eso sí, existe un 0,1% de posibilidades de palmarla, porcentaje muy inferior al índice de mortandad de un ser humano que respeta a las instituciones sin cobrar de ellas.
Paga, no fumes, no bebas y acostúmbrate a comer poco. Es en beneficio de la sociedad y en socorro de una democracia que nos traslada la obligación de llegar a viejos sin ningún incentivo para ello.
¿Cuándo una clínica de desidiotización?
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