Amanecer en la cama con Joan, así se llamaba la chica minimal, fue maravilloso; no así volver a transitar los pasillos del Hut. Eran las 9 de la mañana y las colas para acceder a las habitaciones seguían siendo numerosas. Los clientes, excitados a base de drogas de síntesis, desaliñados y pestilentes, me resultaban nauseabundos. Pero, había que reconocerlo, el servicio había resultado excelente; no sólo por el sexo con Joan, dulce, cariñoso, casi natural, sino también por el ambiente del casino. La etiqueta era obligatoria y los educados modales ingleses hacían que la sordidez que reinaba en las salas privadas estuviese muy lejos de allí, en un plano inconsciente. Al igual que uno decide fantasear con ciertas actividades eróticas, podía subir al piso de arriba y hacerlas realidad por un módico precio. El hotel estaba diseñado para que fantasía y realidad fueran nada más que experiencia, sin connotaciones morales. Al margen de los cachondos drogados en que se convertían ciertos clientes a determinadas horas, me gustaba el ambiente del hotel. Tanto que decidí preguntar por el precio de las habitaciones.
No todo el hotel estaba reservado para el intercambio sexual. Tratándose de un casino, existían habitaciones para sus clientes o para cualquiera dispuesto a pagar el precio de las suites de lujo. La idea inicial, cuando me planteé estas vacaciones, era pasar unos días en Londres para después tomar un vuelo a Nueva York y pasar allí las Navidades, pero lo cierto es que el lugar me había fascinado y sentía que debía pasar un tiempo en el Hut Casino. El Hut era un lugar donde las historias hablaban en los rostros de la gente, en su modo de hablar y relacionarse; ocultándose de su vida real y a la vez viviendo tal y como ellos eran realmente.
El dinero no era un problema, por mucho que gastara siempre sería más económico que el viaje y la estancia en Nueva York en estas fechas. Sólo tenía que controlar los gastos en el juego y en la adictiva minimal girl. Además, lo consideraba una especie de trabajo de investigación; estaba invirtiendo el dinero en una experiencia que seguro me proporcionaría material jugoso para un nuevo libro. Mis trabajos previos se vendían bien y había ganado un par de premios que me proporcionaban cierta holganza, así que pensé, ¿qué demonios? Para colmo Londres era, sin duda, mi ciudad favorita. El gris del cielo junto con el cálido ocre de un té con leche eran colores que llevaba grabados en mi memoria desde hacía años. Las extensiones interminables de casas unifamiliares que hacían de cada barrio el mismo lugar pero con coordenadas diferentes, con distintos aromas y calidades que escapaban al turismo, eran para mí el genuino distintivo de la ciudad, aquello que, una vez vivido, recordaríamos siempre. Ahora me hospedaba en uno de esos barrios pero encerrado en un reducto que contenía sus propias leyes espacio temporales. Las gradaciones de grises, ocres y verdes del paisaje londinense eran sustituidas por una luz de neón roja que se mantenía inalterable. Ni la lluvia, ni el viento, ni el tránsito de huéspedes silenciarían un ápice su brillo eléctrico.
Regresaba ya al hotel después de un día paseando, recordando los sitios que había recorrido hacía ya años. Una vez en recepción, mientras esperaba al ascensor, la conserje me entregó un sobre en cuyo interior había una carta junto con una tarjeta en la que se podía leer el nombre Roxane con letras de carmín rojo.
London Sex Hotel 2008 | 30-05-2008





















