Es mucho más difícil irse en silencio que estar. A veces, durante un rodaje, un actor desenvuelve sin problemas un monólogo en el que, quizá, ha de llorar y ha de reír, todo en menos de dos minutos, en un plano secuencia sin cortes. Y lo hace. Recurre a demonios internos. Recurre a recuerdos dolorosos o alegres. Y sus recursos funcionan. Pero cuando el director le pide que, simplemente, camine de un lado a otro de la habitación, su andar se torna falso, de pasarela, y no nos lo creemos. Le vemos la soga a la tramoya. Se agrieta el decorado ante nuestros hasta entonces crédulos ojos. Qué difícil es irse sin romper las porcelanas de Lladró con el rebufo de nuestro dolor, con la empuñadura de la daga del despecho, en aquel último giro de nuestros ojos llorosos enfocando la mirada de quien ha dejado de escribir texto para nuestra siguiente escena. Además los que se van en silencio no reciben ningún premio ni homenaje. Quizá el de su alma partida, malherida pero en paz. Sólo son portada aquellos que se embadurnan con la sangre que ya no es sangre de su sangre, aquellos que dejan cuerpos inertes en posturas incómodas que ninguno adoptaríamos para nuestro descanso, y menos para el último. Rellanos alborotados. Gritos sordos. Caras de no saber. De no creer. Nos dicen en un altar que es hasta que la muerte nos separe. Y hasta entonces es, en un terrorífico al pie de la letra que gotea dulzón y espeso cada día en la prensa, las noticias y los programas del corazón. Del corazón partío.
Pasamos de las vacaciones al sol frente a un mar apacible a dejar de pasar la pensión y a los gritos al teléfono. Insultamos soezmente la piel que un día nos bebimos con verdadera sed y maldicen las manos labios y oídos que un día besaron con hambre desatada. Nuestros límites son amplísimos y nuestras cumbres y simas más cercanas de lo que creemos. Quien calienta el 50% de nuestras vidas puede helarnos la sangre lanzándonos un burofax directo al corazón. Y no nos fiamos demasiado del tipo que se sube con nosotros en el ascensor, porque no le conocemos de nada. Pero de la cara amable al otro lado de la cortina de la ducha sí. Al fin y al cabo, son tantos años…
Perdonen que divague, pero la imagen del actor yéndose de escena sin que casi nadie lo aprecie vuelve una y otra vez. Si son ustedes de los que, en el cine, miran las esquinas de la pantalla de vez en cuando y no sólo el motivo central lo entenderán. Nos han vendido héroes que son primadonnas escandalosas chupando cámara todo el rato.
Los que apuñalan o estrangulan son de esos, de los que sólo se fijaban en Burt Lancaster encadenando piruetas o en Errol Flynn espadachineando con cuatro a la vez y dándoles a todos matarile. Y en esas escenas la pantalla también tenía cuatro esquinas, a las que nadie miraba, donde quizá había otro tipo de héroes. Piensen en Cirano de Bergerac hilvanando versos mientras su corazón se descosía.
Me desdigo. Me contradigo. Soy en mí mismo una contradicción en estado puro. A veces es más fácil irse que quedarse. Cuando se sientan ustedes en el cadalso del abandono piensen que el verdugo de su desdicha ha de quedarse a ver su obra. Nuestra cabeza cortada parpadeará, sin embargo, a lo sumo, dos o tres veces. Luego, nada.
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