Todo tiempo pasado fue anterior. Axioma incuestionable. Las agarraderas de las que pretendamos valernos para conjurarlo tendrán escaso futuro y dudosa efectividad. No importa que recordemos con nostalgia el colajet, las mirindas o los airgamboys. Son pasto del pasado. Un pasado… ¿mejor? Permítanme que lo dude. Simplemente distinto. Aquella ex novia, aquella moto carburada (no de inyección como las de ahora) que horrorizaba a las abuelas, metía un ruido de mil demonios, y era nuestra delicia… pues se fueron ya para no volver. Hoy vivimos en una encrucijada. Si fuera Robert Johnson el del dilema, pactaría con Satán y en un pis pas asunto resuelto.
El Homo Analogicus va dando paso no sin conflicto al Homo Digitalis, y por el camino prepara un destrozo considerable. Los problemas de índole doméstica parecen estupideces, pero condicionan y muy mucho. El antiguo salón-comedor compuesto de sofá, aparador, mesa de centro y otra grande con sillas para comer los domingos ha dejado paso a algo más funcional, pleno de gadgets electrónicos, wifis y demás familia. Es el centro neurálgico de la casa, donde se ve la tele, se da cuenta de una pizza mientras se consulta el saldo bancario, se graba en disco duro la serie favorita, y la mula descarga esto o aquello sin pausa pero sin prisa. Ya ni el jazz es lo que era. Sobre todo el que nos llega del frío.
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