A Alfredo le lloran los ojos de cuando en cuando. Se saca metódicamente el pañuelo de tela del bolsillo del pantalón y se lo lleva despacio a cada uno de ellos, enjugando pequeñas lágrimas a las que apenas deja asomar más allá de los párpados. Quizá sea el humo de nuestros cigarrillos. Quizá el peso de todo cuanto ahora descansa sólo sobre sus hombros. Sabe que es el último.
Un rato antes hemos entrado mi hermano Juan y yo en su bar, el Benito, abierto por su padre en la Plaza Mayor de León en 1915. Va para un siglo. Ahora hay una gran fotografía que alguien ha tenido a bien desempolvar y ampliar presidiéndolo todo. Una instantánea cualquiera de un día cualquiera. Algo de nieve en el suelo y unos chiquillos ataviados con guardapolvos (”nos los poníamos en cuanto volvíamos de la escuela para no estropear la ropa”). A una pregunta mía, un torrente de recuerdos, caídos en cascada.
Tras la barra, el frasco de aceitunas picantes de las que nos ofrece a cada consumición, un viejo paquete de Celtas Cortos que se salvó de la quema y el reloj. Bueno, la réplica, porque el auténtico (”de mil ochocientos y pico…”) unos rateros algo chapuzas se lo llevaron un día. No se llevaron nada más (”alguien se encaprichó con él”). La réplica parece atrezzo improvisado y recuerda burdamente al original. Alfredo se seca de nuevo las lágrimas antes de seguir con su flash back personal. Y recuerda a su hermano mayor, el que murió en la guerra (”parece que lo estoy viendo sentado ahí, diciendo: ¡Alfredín, que esto se acaba ya!, a finales de Julio del 36. Estaba en La Virgen del Camino, de aviador, y los mismos mecánicos le sabotearon el avión. Después los fusilaron a todos en presencia de Benito padre. Eran 13″). O a su otro hermano, que quemó el hígado a base de coñac y que está enterrado en Sevilla, donde se casó (”mi padre quiso traerlo, pero allá está enterrado”). Y al que todos conocimos, Chus, que ya va para 10 años que nos dejó, compañero de barra tantos años (”le encantaban las motos. Bueno, cualquier cosa que cogiera velocidad”).
Cuando recuerdo a Chus, recuerdo a mi guapa novia alemana y las tardes que pasábamos allí charlando, fumando y bebiendo mistela. En cuanto Alfredo se daba la vuelta, Chus me decía con aquella sonrisa socarrona: “Chaval, tú que eres grande, ponte ahí delante que no me vea mi hermano”. Y en cuanto me colocaba en posición, se apretaba un chato de vino. Cuando se lo cuento a Alfredo sonríe con esa cara de buen hombre que tiene y dice “ya, él creía que no me enteraba. Pobre…”. Quizá cuando franquea uno la puerta del Benito atraviesa uno un agujero de gusano y pervierte el tiempo y el espacio. Quizá sólo sea efecto del clarete. Pero esa piedra tricentenaria que se pisa al entrar hace que uno crea atravesar un estado de ensoñación donde las palabras, los líquidos y las aceitunas picantes quedan suspendidas junto a los trillones de motas de polvo, el resultado del Betis-Osasuna y el parroquiano que demanda por enésima que le rellenen el pocillo.
A lo mejor un día no lejano el Benito se reconvierte en una de esas vinotecas para pijos que ahora proliferan, donde los que no saben de vino hacen como que saben de vino, aunque no sepan a qué les sabe el vino. A lo mejor alguien lo convierte en un döner kebab.
Dios les confunda en su profanación. En la Plaza Mayor de mi pueblo, desde hace 93 años, una familia hace obras de misericordia sin darse casi importancia. De las espirituales y de las corporales, oiga. Enseñan al que no sabe, dan buen consejo al que lo necesita, corrigen al que se equivoca, perdonan las injurias, consuelan al afligido, dan posada al peregrino, dan de comer al hambriento, pero, sobre todo, dan de beber al sediento. Y alguna otra que seguro olvido. Pon la penúltima, Alfredo.
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