Zeus observa socarrón desde lo alto del monte Cronio. A sus pies, Olimpia. Acaban de encender la llama olímpica mediante el reflejo de la luz solar en un espejo parabólico. Estamos en 2008. Zeus se mesa la barba, perezoso, hastiado, somnoliento o bajo los efectos de varias ánforas de vino. Las Olimpiadas de la Era Moderna. Ahora ya no hacen sacrificios ni ceremonias en su honor y en el de Pélope, rey de Olimpia famoso por su carrera de carros y por quien en realidad se celebraban los Juegos. Y el gran Zeus piensa que su gran estatua ya no lo preside todo. Queda el pentatlón, sí, pero se han cargado el pankration, con lo que molaba. Mezcla de boxeo y lucha, estaba permitido todo. Dislocaciones, aplastamientos, patadas en los huevos… una cosa maja y de elevado nivel humano, teniendo en cuenta que no se podía morder, sacarse los ojos, meter el dedo en la nariz o la boca. Además se alternaba con competiciones de poesía, música y danza. Así se equilibraba el conjunto. Zeus mira a su alrededor y ve ruina donde antes floreció la más grande de todas las civilizaciones, la que dio al mundo democracia, arte sin igual, tragedias, marinos de leyenda…
…hoy todo está perdido. Los héroes de hoy pasan el control de metales en el aeropuerto, orinan en un frasco que alguien analizará para ve si se ponen de algo y van y vienen por el mundo gracias a que una marca de leche suiza o de componentes electrónicos de Silicon Valley paga las facturas. Zeus se revuelve en la ladera del Cronio, incómodo, como a punto de un ataque de lumbociática y piensa que estaría mejor en el Parnaso, rodeado de dulces musas y ninfas que acudiesen a él a inspirarlo. La llama arde como puede, acosada por amigos de Free Tibet, independentistas de aquí y de allá que intentan soplar citius, altius, fortius a ver si la apagan. En la antigüedad no pasaban éstas cosas. Si había que parar una guerra para los Juegos, se paraba. Pero ahora, ya se sabe.
Aún así, en el fondo de su ánimo, el viejo dios aún siente un cosquilleo cuando ve llegar la carrera de relevos, o cuando dos hombres pelean un balón con firmeza y honor, y se le van olvidando las batallitas de abuelete, y canta himnos y agarra manos y se deja llevar por un espíritu antiguo, cincelado por la mano de Fidias, Miron, Agorácrito y Praxíteles. Cuerpos de perfecto canon en desarrollos imposibles, atletas sudorosos de impasible concentración ante la prueba. El hombre ante sí mismo como medida de todo.
El viejo dios echa un trago, sonríe pícaro y se deja acunar por el cálido abrazo de los olivos y la suave brisa mediterránea, mientras allá abajo, a lo lejos, otra marca ha sido nuevamente pulverizada.
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