Con el eficaz tono sacerdotal de quien está acostumbrado a apaciguar las almas torturadas de sus feligreses, a quienes la culpa de vivir en Occidente no les deja dormir sin leer uno de sus libros, el intelectual dijo por la radio que tanta alegría por ganar una Eurocopa le resultaba sospechosa, y en el colmo de la originalidad aseguró que el fútbol se había convertido en el opio del pueblo. No sé por qué tiene tan mala fama el opio, la verdad. La recolección de tan prodigiosa sustancia es seguramente uno de los hitos de la historia de la humanidad, aunque nadie parezca saberlo. Tiene que ser maravilloso eso de soñar despierto con una pipa cerca de la boca. Antes de morir pienso probarlo. Es, más o menos, lo que uno persigue cuando abre una buena novela y sabe que tiene al lado el paquete de Winston y varias horas de ocio por delante. Sumirse en otra vida, soñar con otro mundo, pero sin necesidad de dormir, y con el humo blanco y sinuoso ascendiendo hacia el techo como una serpiente voladora. ¿Cabe mayor felicidad? Tal vez por eso el opio y la literatura han sido tradicionalmente perseguidos por los inquisidores, por aquellos tipos que se ganan la vida culpabilizando a los demás, señalando qué está bien y qué está mal. Aunque ellos se sitúen por encima de la moral que predican.
El opio y la literatura han sido tradicionalmente perseguidos por los inquisidores, por aquellos tipos que se ganan la vida culpabilizando a los demás, señalando qué está bien y qué está mal
Occidente impone sus gurús y sus drogas al resto del mundo. Para empezar, el tabaco. Para seguir, el alcohol. Como los cigarrillos ya no se estilan por aquí, porque causan demasiadas pérdidas económicas al sistema sanitario, se exportan al África subsahariana. Así se matan dos pájaros de un solo disparo. Por un lado, se conserva un negocio que puede seguir dando dinero; por otro, se dificulta la respiración de los negritos, cuyo aliento se extinguirá antes de que puedan llegar a nado a este lado del mundo. Esta idea se la cedo a cualquier intelectual/sacerdote en busca de veredictos epatantes.
Pero hablábamos del opio y de cómo se alude a él como referencia de lo peor desde que Marx lo comparó con la religión. Antonio Escohotado escribió la Historia General de las drogas y ya todos deberíamos saber que los individuos necesitan drogarse de vez en cuando para convivir en sociedad, para no volverse locos de tanta realidad. Aquí, el alcohol; en Marruecos, el hachís; en China, el opio, y así. Si Marx hubiera dicho que la religión es el whisky del pueblo, o la ginebra del pueblo, o la cerveza caliente del pueblo, él que vivía en Inglaterra, tal vez la frase habría sido urgentemente desacreditada por peligrosa, porque atacaba a nuestra droga particular, la buena, la sagrada, la que consumimos en Occidente para conllevar el día a día. Pero no. El amigo Marx tuvo que buscar una droga oriental, y por tanto sospechosa, y así logró despertar la animosidad hacia la religión, pero también hacia el opio. Pobres afganos, pobres chinos, que tenían su droga y les obligamos a quemar los cultivos para que se pasaran al alcohol. Como a los pieles rojas, que también cambiaron el peyote o similar por el agua de fuego. Así que ahora llega un tipo y dice por la radio que el fútbol es el opio del pueblo. Qué brillante. Yo, que desprecio el pecado original de haber nacido y estar viviendo en Occidente, veré hoy por quinta vez el partido de la final de la Eurocopa. Y ya tengo ganas de que llegue el Mundial, dentro de dos años. Opio a espuertas. Tenían que organizar uno al año, me cago en diez.
Un agujerito negro | 18-09-2008
Especial relevancia | 12-09-2008
La pureza editorial | 31-07-2008
Animales de compañía | 25-07-2008
Fuera máscaras | 17-07-2008
Cambio climático | 10-07-2008
Síndrome de Estocolmo | 26-06-2008
La era de la palabra escrita | 19-06-2008
Foral y española | 12-06-2008
Irse de cañas | 5-06-2008






















