No me queda nada para morir. Apenas un día para pasar a mejor vida, lo cual me tiene en un estado de permanente asombro. No sé qué pensar, no sé cómo sentirme, la verdad sea dicha. A veces lloro a oscuras en el cuarto de baño, sobre la taza del váter, y otras me abrazo a mi hija y la lleno de besos o descubro que tengo la mano derecha (y eso que soy zurdo) en el trasero seductor de mi mujer. La muerte, tan cercana, ha tenido la virtud de mejorar mi vida en pareja. Pero ahora que es tan inminente no sé qué hacer, no sé cómo contener este ánimo tan voluble, tan misteriosamente difícil de controlar. Recibo una llamada telefónica que me llena de admiración: mis amigos, el rojo y el facha, dicen que por qué no voy con ellos a ver un partido de fútbol. Esta noche se enfrenta la selección española a una extranjera. No me apetece demasiado. Probablemente intentaré distraer a mis amigos para que no veamos el partido, probablemente haré lo imposible para que sustituyan el fútbol por el cine o una discoteca donde no haya pantallas de televisión retransmitiendo deportes con balón. Recuerda que mañana tienes que pagar a la ecuatoriana, me dice mi mujer cuando me despido de ella, y es como si me estuviera diciendo: No olvides que mañana vas a morir. Recuerda también que hay que abonar el Impuesto sobre Bienes Inmuebles así que modera el gasto por favor. Está bien, le digo. Y salgo por la puerta sin ni siquiera mirar hacia atrás, sin ni siquiera ver por última vez los rostros de mi hija y de mi mujer.
Cuesta abajo tardo media hora en llegar al bar donde me he citado con mis amigos, el rojo y el facha. Ellos están ensimismados en el fútbol, así que ni siquiera menciono el cine, ni la discoteca. El bar está abarrotado. Han pedido una ración de oreja, qué pena de tipos. Han pedido una ración de caracoles, lo mismo digo. Yo pido otra ración de gallinejas para completar la faena con comida del mismo jaez. Me preguntan que por qué he dejado el trabajo, que no era mal trabajo. Que soy muy poco listo. Olvidadme, me digo. Pedimos un montón de cañas y cuando la selección extranjera o la española mete su segundo gol salgo del bar sin decirles nada. El bar parecía un bosque de brazos, todos en alto, todos moviéndose como algas en el mar. De pronto he pensado que no tengo dinero para pagar las raciones ni las cañas. Y que tampoco voy a ser capaz de decirles a mis amigos, al rojo y al facha, que no puedo abonar nada porque mañana tengo que pagar el mes a la ecuatoriana. La noche me sonríe. Quiero decir que la luna parece una sonrisa vertical. El móvil vibra en mi pantalón. Es mi amigo, el rojo. ¿Dónde estás? Estoy indignado con lo que pasa en Corea del Norte, le digo como excusa, no era capaz de estar ni un segundo más a tu lado.
Reconciliación | 15-09-2008
En la cuerda floja | 11-09-2008
Calle arriba y boca abajo | 7-09-2008
Convalecencia | 3-08-2008
Adiós al trabajo | 29-07-2008
Presidenta del Gobierno | 24-07-2008
Taciturno | 22-07-2008
Simpatía inesperada | 16-07-2008
Fiesta y cafetería | 15-07-2008
El vecino, el trabajo y Corea del Norte | 9-07-2008






















