Pasa otro día en el que no dejo de reflexionar sobre estas últimas semanas. No dejo de reflexionar sobre lo que me está sucediendo. Realmente creo que el mundo se terminará para mí dentro de poco. Realmente pienso que por abandonar mi trabajo me aproximo al final de mi vida y que cuando mi mujer descubra lo que ha ocurrido nada volverá a ser igual porque moriré en ese instante. Qué absurdo pensamiento, pero qué deliciosa cotidianeidad me espera estos días. He descubierto que, a poco de cumplirse mis días en este mundo, lo que me apetece no es participar en orgías ni viajar a las Maldivas, sino vivir más intensamente el mundo de los afectos. Y tengo también otra obsesión, una obsesión peligrosa, que se me ha metido en el cuerpo como el veneno traicionero de una lengua viperina. Tengo unas ganas enormes de reconciliarme con mis enemigos.
He dejado esta mañana a la niña en la guardería y al regresar a casa he pegado el oído a la pared para ver si estaba el vecino, siempre tan silencioso salvo cuando se pone a hablar de negocios por teléfono. El tipo tiene algún enjuague relacionado con el mundo de los chupetes, creo. Eso es, al menos, lo que yo entiendo cuando le espío: chupetes, chupetes, chupetes, dice una y otra vez, y yo lo escucho nítidamente a través del vaso de cristal. Lleva esta palabra en la boca como yo llevo la palabra pis cuando necesito orinar: pis, pis, pis. Si estoy en casa no tengo ningún reparo en decirlo en voz alta. Mi hija me imita: pis, pis. Y a su madre y a mí nos hace mucha gracia. Así que el vecino tiene la palabra chupete siempre en la boca. Pero esta vez pego el oído a la pared y no oigo nada: ningún ruido, ni siquiera está durmiendo, porque no se oyen los ronquidos. Bajo al portal y me encuentro al portero colocando el timón de su última maqueta, un velero a medio hacer. Le pregunto por el inquilino del Quinto B. Le pregunto, en definitiva, por el vecino. Me mira con desconfianza.
Nunca me he llevado mal con este portero, pero prefiero la portera de los fines de semana, la prefiero a ella aunque sea esquiva y canturree, y sea rubia y gorda. El portero continúa mirándome. Creo que me acaba de decir que el vecino del Quinto B no es inquilino sino propietario de la finca. Al portero le encanta hacer distinciones entre propietarios e inquilinos, además le encanta pronunciar la palabra finca. Tiene en la boca la palabra finca como yo la palabra pis y como mi vecino la palabra chupete durante sus llamadas de negocios (si es que de verdad dice chupete, chupete, chupete). Ah, le digo al portero, o sea que el hombre este no es inquilino sino propietario.
Eso cambia las cosas, eso le convierte en una persona principal, respetabilísima, ¿verdad? El portero me mira fatal. Estoy convencido de que si no fuera porque los padres de mi mujer son propietarios de nuestro piso intentaría darme un puñetazo, porque no le ha gustado nada mi réplica sarcástica. Pero yo tengo los brazos fuertes como remos, no sé quién saldría peor parado. En fin, que el tipo no sabe dónde está el vecino, o no quiere decírmelo. Pues dile que si vuelve a dejar algún anónimo en mi buzón postal se tendrá que ver cara a cara con dos guardias civiles de tricornio en el mejor de los casos. Y me voy.
La amenaza no deseaba lanzarla, no deseaba dirigirla contra el vecino, con el que realmente me he propuesto reconciliarme, sino que pretendía fastidiar al portero. Así que subo las escaleras contrariado. Si el vecino recibe mi amenaza probablemente empeoren las cosas. Vuelvo a bajar las escaleras para decirle al portero que retiro todo lo dicho, pero el tipo ha desaparecido. Maldito vago, siempre se va por ahí a tomar algún bebedizo alcohólico. Lo busco en los bares de mi manzana y no lo encuentro. Cuando regreso a casa está hablando con el vecino. El panorama no me gusta. Bajo la cabeza y subo las escaleras de dos en dos hasta llegar a mi casa. La timidez, la maldita timidez.
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