El parque tiene dos campos de fútbol de hierba artificial. Tiene un campo de golf lleno de pijos. Y pistas de pádel. Tiene también una zona con columpios y toboganes para los niños. Y una pista de atletismo por la que la gente corre sin descanso. Voy con mi hija a la zona infantil. La subo a un columpio. Llega otro padre, mucho más gordo que yo, y aúpa a su hijo, algo mayor que mi hija, en el columpio de al lado. Él empuja a su hijo con más fuerza que yo a la mía. Siento que lo hace para competir, para demostrar que el niño es más valiente. Mi hija —rubia, pequeña, sonriente— mira a su hijo. El padre le dice cosas. Yo no le digo nada a mi hija: soy muy tímido. Mi hija sí dice cosas. Apenas sobrepasa el año de vida y balbucea cosas que nadie entiende. El hijo del gordo no balbucea nada. Pero vuela más alto. Mi hija le observa con curiosidad. Luego la bajo del columpio. Le doy una pala y un cubo para que juegue con la arena. Ella me da piedras, ramas, papeles, un palillo de chupachus, una colilla. Le digo que no. Ella también me dice que no. No, no, no. Es la palabra que más escucha. La que más pronuncia. También sabe decir “mamá”, y “más” (cuando quiere algo). Y “papá”. Pero lo dice poco. Má, má, má (más, más, más). Quiere la colilla que yo arrojo lejos. Lloriquea un poco. Luego la sigo por el parque. Hay un castillo para niños. Mi hija pide que la suba y que la baje, que la suba y que la baje. Llegan más niños. Más padres. Un padre presume de su hijo, dice que es un “fiera”. Todos estamos encantados de nuestros hijos, pero este padre no lo oculta. Me alejo de su lado. Mi hija es rubia, guapa y la más lista, pero yo sí disimulo mi orgullo. Una niña se acerca a mi hija. Le digo a mi hija que le diga hola. El abuelo de la niña me dice que mi hija es muy espabilada. Luego mi hija le ofrece a su nieta la pala. Es la primera vez que veo a una niña generosa, comenta el abuelo.
Luego vamos al campo de hierba artificial, que ha quedado vacío. En una esquina jugamos con la pelota. Llegan dos niños grandes y de una patada se la roban a mi hija. Yo disimulo la irritación. El padre de los niños les deja hacer. No interviene. Fuma, indiferente. Le pido a los niños que devuelvan la pelota y en mi petición hay una amenaza soterrada. Me la entregan, pero en cuanto se la doy a mi hija, se la vuelven a quitar. La niña llora. Qué disgusto. Nos vamos.
Cerca de la fuente, juego a solas con ella. Ambos reímos. Lo pasamos bien. Ella sube y baja los escalones que llevan a la fuente. Señala el agua. Agarra piedrecitas y me las tira. Cuando veo que está cansada, la cojo en brazos y regreso a casa.
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