Rolling Stones. El tipo tiene doscientos años y corre como si tuviera quince, se agita como si sufriera descargas eléctricas o como si alguien invisible lo golpeara con una vara
DIAGRAMA.- Mi mujer lleva días sin hablarme o hablándome menos. Sus labios parecen salir del congelador cuando los busco. De pronto me dice que el otro día alguien lanzó por la ventana una lata de cerveza desde nuestro edificio. Me dice también que me nota distinto desde que ella volvió de la playa, que si me ocurre algo. Que la cerveza casi mata a un peatón. Que el portero le ha dicho que han puesto una denuncia ante la policía. Yo me encojo de hombros y salgo de casa para pasear por el barrio. En el portal me cruzo con el portero. Lleva el pelo cortado a lo cepillo y para colmo le gusta pintar barcos de guerra en miniatura. Doy una vuelta a la manzana. Me siento en una terraza. Me bebo dos cervezas. ¿Cómo va a matar una cerveza? Es absurdo. La cerveza tiene propiedades antioxidantes. No mata, da vida. Pienso en que mañana voy al concierto de los Rolling Stones. Pienso en todas las cervezas que se habrá bebido Keith Richards. Apenas tiene barriga. Es un impostor. Ese tío no bebe nada. Nos mienten continuamente.
Al regresar a casa, mi mujer me da un diagrama. ¿Qué es esto?, le pregunto. Me dice que quiere que lo rellene. Quiere saber qué pienso de la familia, del futuro, de las amistades, de ella, de nuestra hija y de no sé cuantas cosas más. Vale, le digo. Voy a la cocina y tiro a la basura el diagrama. Agarro una lata de cerveza y derramo su líquido por la ventana.
CONCIERTO.- Estamos en el concierto de los Rolling Stones. Mi amigo es peculiar. Todos mis amigos le temen, lo tratan con prevención. A mí también me da miedo, pero sólo a veces. Una vez estuvo llamando a mi casa durante dos horas. Yo le vigilaba desde la mirilla, asombrado, en silencio. Y él seguía pulsando el timbre, una y otra vez, incansable. Es un tipo inquietante, pero es condenadamente divertido. También tengo un amigo rojo.
Antes de entrar en el Calderón nos hemos emborrachado. Luego nos sentamos en nuestros asientos. Luego cambiamos de sitio. Saltamos la valla y nos situamos más abajo, más cerca de Mick Jagger.
El tipo tiene doscientos años y corre como si tuviera quince, se agita como si sufriera descargas eléctricas o como si alguien invisible lo golpeara con una vara. Pese a estar sentado, me canso sólo de verle. Pienso que su vida tiene que ser un horror. Tanto ejercicio no puede ser bueno. Corre de un lado para otro. Habla un castellano amanerado, dificultoso. Luego hay fuegos artificiales. Mi amigo baila cuando ya nadie lo hace. Me produce vergüenza ajena, porque soy muy tímido, timidísimo. Me fijo en una chica que tiene las tetas grandes. Está buenísima. Me fijo en Keith Richards. Está en la pantalla gigante, en primer plano. Parece una bruja moribunda. Contemplo mis manos. No sé porqué, pero lo hago. Afortunadamente son unas manos del montón: las de Richards son como las raíces torcidas de un árbol moribundo, debe de padecer artritis o algo así.
Luego acaba el concierto y nos vamos. La gente está contenta. Yo, no tanto. Qué cabrón el Mick Jagger, dice mi amigo, cómo corría. Hijo de puta, bastardo, qué cabrón, dice, cómo corría. Y no se cansa de repetirlo hasta que, harto, irritado, temeroso, pido un taxi y le digo adiós con la mano tensa.
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