¿La soledad? ¿Qué es la soledad? Y me entra la risa, una risa sonora, triste, acompasada por los sollozos broncos, traicioneros
Quedo a comer con unos amigos. Uno es facha y le gustan Los Rolling Stones; el otro es rojo. Nunca discuten. Siempre están de acuerdo en todo. Se pasan toda la comida diciendo que soy muy poco listo. Toda la comida comiendo con la boca abierta, insultándome. Me doy cuenta de que no sé si son amigos míos o tan solo compañeros de profesión. A veces hago tratos con ellos. Se quejan de un pedido que no entregué a tiempo o algo así. Hablan de batidos de chocolate y de trozos de fruta y de un congreso al que yo ya no voy a acudir. Yo me como las lentejas sin despegar la vista del plato. De vez en cuando les pido perdón por ser tan negligente en mi trabajo. Ellos me dicen que antes no era así, que antes yo era un tipo ordenado, que qué demonios me ha pasado. Cuando terminamos de comer, pedimos tres orujos de hierbas. La camarera es una mujer grande, de ojos azules casi rojos y voz masculina. Nos cuenta algo de un desahucio, algo de que teme perder el restaurante. “Y a mí qué me importa”, pienso que piensa el facha. “Vete a freír espárragos”, pienso que piensa el rojo. Luego la camarera se va y brindamos por algo. Creo que por nuestros trabajos. Mi jefe me llama al móvil. Grita como si le estuvieran torturando. Me dice algo que no entiendo, algo sobre un pedido, algo sobre el trabajo. Pagamos la cuenta y al salir a la calle mi jefe me sigue gritando por el móvil. Yo me río en silencio, es una risa placentera, irreprimible.
La soledad es como un sapo blanco que te come las orejas. Digo una de tonterías que a veces me asusto. La soledad es un viejo mariposón que nunca llega de frente. La soledad es un fantasma rapidísimo que quiere hacerte cosquillas cuando el tiempo es más lento. La soledad es empujar un columpio con tu hija llorando sobre ese columpio. La soledad es mirar a una madre que está asustada. La soledad es escuchar tus pasos en la arena del parque infantil. La soledad es una pelota de golf que cae muy cerca de tus zapatos de cordones desabrochados. La soledad soy yo. La soledad es mover los labios en silencio. La soledad es pedir un café con leche y que te traigan una cerveza caliente y aguada. ¿La soledad? ¿Qué es la soledad? Y me entra la risa, una risa sonora, triste, acompasada por los sollozos broncos, traicioneros.
Me gusta levantarme en mitad de las comidas y decir: Ahí os quedáis. Lo hago siempre que puedo. Aunque nunca me atrevo a decir nada. Me levanto en silencio y me voy a la calle. Cuando regreso, los comensales se figuran que vengo del cuarto de baño. Nada más lejos de la realidad. Vengo de la calle. Me gusta buscar el momento más plácido de la comida para levantarme indignado de la mesa. Hoy, por ejemplo. Estaban mi jefe y cuatro clientes. Discutían de fútbol. Me han preguntado mi opinión y yo les he explicado que pensaba que eran todos muy inteligentes y que yo no estaba a su altura, que siguieran hablando por favor, que les profesaba muchísimo respeto y admiración. Se han mirado con sorpresa. Mi jefe ha fruncido el ceño. Dice que soy conflictivo de un tiempo a esta parte. Qué obviedad, me he dicho: vivir es un conflicto que no cesa. Han seguido hablando de política. A mí la política me parece muchísimo más divertida que el fútbol. Han hablado del presidente del Gobierno y del líder de la oposición. Ya no recuerdo cuál de los dos tiene barba. Creo que es el presidente. El otro es el que no tiene barbilla. Si yo no tuviera barbilla, me dejaría la barba, pero tengo demasiada barbilla. Tengo demasiada barbilla y unos brazos fuertes y duros como remos. Por eso me paso los días descargando cajas. Han seguido hablando de política y entonces se ha producido una discusión amarga, ruidosa. Mi jefe estaba congestionado como si su rostro fuera a estallar. Los otros cuatro también enrojecieron. Uno de ellos, el único que permanecía pálido, el más rico, defendía a Stalin, los otros cuatro se llevaron las manos a la cabeza. Luego han discutido sobre Cuba y sobre Venezuela, más tarde sobre Irán y sobre centrales nucleares. Cuando por fin han hecho las paces, cuando ha regresado la calma, alguien ha contado un chiste sobre africanos en patera y el stalinista se ha reído muchísimo. Sus carcajadas se han contagiado a todos. He aprovechado ese momento para levantarme de la mesa con cara de estar indignado. En la calle hacía demasiado frío. Al cabo de cinco minutos, he regresado a la mesa. Mi jefe y los clientes hablaban de batidos y de bebidas energéticas. Volvían a discutir. Nadie ha reparado en mi llegada.
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