A veces pienso que mi jefe oculta su verdadera personalidad. No conozco a nadie normal que se pirre tanto por los cinturones
1.- Mi jefe está obsesionado con los cinturones. Descargo las cajas y me dice que le acompañe a comprar uno. No sé porqué tengo que acompañarle a comprar cinturones, pero lo hago. Así de indefenso estoy. Entramos en una tienda de La Castellana. El dependiente le conoce. Le enseña dos cinturones. Mi jefe se los prueba delante del espejo. Más caros, los quiero mucho más caros, parece decir, pero lo que dice es que los quiere así y no asá, de esta manera y no de la otra. Creo que bromea con el dependiente. A veces pienso que mi jefe oculta su verdadera personalidad. No conozco a nadie normal que se pirre tanto por los cinturones. Creo que oculta un trauma y lo compensa consumiendo. No se lo digo para que no se ofenda. Vamos a otra tienda. Pide otro cinturón. Es un cinturón de cuero negro y hebilla dorada. Le gusta. Se mira el culo en el espejo: yo no recuerdo haber hecho algo semejante en mi vida. Es el gesto de alguien muy distinto a mí. Lleva el pantalón demasiado subido, como un torero, tanto que se le marca la raja del culo. Mi estómago gruñe. Se compra el cinturón, por fin. Me despido de él. Me voy a casa. Bajo al bar. Subo otra vez a casa. Bajo al bar. Subo a casa. Finalmente me decido: bajo al bar, pido la caña que quería y allí me quedo, bebiendo a sorbitos, haciendo ruido ante la mirada impertinente del camarero antipático.
2.- Tengo grabada en la cabeza la discusión de mi jefe con nuestros clientes el otro día. No lo puedo evitar. Dejo a la niña en la guardería. Y ella agita una mano. Adiós niña, adiós. Pero estoy pensando en la discusión del otro día. Estoy como una cabra. Confundía a un tipo sin barbilla con un tipo con barba. El presidente es el que carece de barbilla; el líder de la oposición es el de la barba. ¿Qué me está pasando?
Hace frío cuando salgo de la guardería. La cuidadora bizca me ha sonreído. No sé porqué. No me fío de la gente que me sonríe sin que yo encuentre un motivo evidente.
En la calle la gente lanza humo por la boca. Hace frío. Me dirijo hacia el trabajo, pero cambio de opinión. Hay un tipo que se parece mucho al presidente del gobierno, sólo que es más bajo y más gordo. Le sigo. Tiene barba cana. Me doy cuenta de que no es al presidente a quien se parece, sino al líder de la Oposición. Pero le sigo igual. Lleva un maletín negro. Viste traje arrugado y corbata fea. Entra en un banco, yo voy detrás. Veo que se pone a la cola. Yo también. Veo que ingresa dinero en ventanilla. Yo no. Yo salgo del banco con él. Me mira como si le extrañara mi actitud. Le digo: Hola. ¿Qué quiere?, me pregunta sin responder al saludo. Cuando le voy a contestar, suena mi móvil: ¿Se puede saber dónde cojones estás?, me grita mi jefe. ¿Se puede saber dónde estás tú?, le pregunto yo mientras el líder de la oposición se me escapa, dobla la esquina. ¡Dónde voy a estar! ¡En el almacén de Ramiro! ¿Pero no habíamos quedado a las doce? A las once, me dice mi jefe a gritos, a las once, idiota. Vale, voy para allá, vale, lo siento, no hay que ponerse así, estaba meditando sobre la discusión del otro día.
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