El portero de los barquitos de guerra se pasa las horas pintando las velas, los marineritos, el casco, las anclas...
1.- De lunes a viernes hay un portero en mi edificio, el portero de los barquitos de guerra. Se pasa las horas pintando las velas, los marineritos, el casco, las anclas, y si hablas con él, en cuanto puede te espeta un montón de palabrejas que yo no entiendo: arbotante, por ejemplo. Los fines de semana hay una portera. Es gordita pero guapa. Se pasa las horas fregando. Tiene mucho trasero y muchas tetas. Tiene los dientes blancos, como me gustan a mí. Tiene mirada de persona inquieta, como me gustan a mí. A veces la veo fregar y siento ganas de ir por detrás, y enchufarle la verga en el sitio adecuado. Pero no soy un salvaje. Lamento profundamente mi timidez. Lamento profundamente no ser un salvaje, lamento que no lo sea ella.
2.- He dejado a la niña en la guardería. La he dejado en manos de esa bizca que siempre sonríe. La he dejado jugando con una pelota, esta vez no me ha dicho adiós con la mano. Qué pena, qué pena penita pena, he canturreado al salir a la calle. Pronto ha comenzado a llover. Corriendo, he llegado a casa. He subido los escalones de dos en dos. He entrado en casa jadeando. La lluvia golpeaba los cristales. Los he abierto. En un minuto la alfombra estaba empapada. Me he tumbado bocarriba y el agua me tocaba la cara. Eran mejores caricias que las que nunca me ha dado mi mujer, últimamente tan distante; cualquier mujer. Ni siquiera mi madre me trataba tan bien como la lluvia cuando se cuela furtivamente por la ventana. La lluvia moja mi pelo y mi rostro. Abro la boca. Entran las gotitas en el paladar, besan pornográficamente mi lengua. Ningún beso de mi adolescencia fue tan placentero. Suena el móvil. No lo cojo. Me da igual quién llame. Se oye un trueno lejano. Se oye un trueno cercano. Las gotas de lluvia entran en mi piso, rebotan en el parqué. Son frías, a veces son calientes. Escupo hacia arriba. La ley de la gravedad es ineluctable y mi acción repercute en mi rostro. Siempre tengo que fastidiar los buenos momentos. Soy demasiado tímido. Soy demasiado autodestructivo. Demasiado masoquista. Me levanto y voy hacia el baño. Cojo la toalla y no sé si estoy secando o limpiándome la cara.
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