Cojo a la niña en brazos. Me pongo a seguir al tipo que se parece a un político famoso, muy famoso, muy poderoso, importantísimo
1.- Salgo a comer con mi hija y mi mujer. Hace un día ventoso y frío, en el que la gente se esconde en los portales, se refugia en los bares como de un bombardeo. Pero salimos a comer juntos, como una familia bien avenida. Comemos espaguetis, comemos carne. Comemos helado. Nos reímos. Luego yo me levanto de la mesa, como si algo me indignara mucho. Me levanto. Vuelvo. Mi hija me señala con su dedito. Mi mujer me pregunta dónde he estado. Nada. En ningún sitio. ¿Y tú?, ¿Dónde has estado tú? Yo no me he movido de aquí, me dice enfadada.
2.- Los niños son maravillosos, pero no todos. Hay niños difíciles de soportar. Hay niños que tienen la mano larga. Hay niños que no dejan que mi hija se suba al tobogán. Hay niños que tienen padres que se comportan como si padecieran alguna suerte de cretinismo. Me pregunto si yo soy uno de esos padres. Me lo pregunto hasta que veo a un tipo que se parece a un político famoso y me pongo a seguirle. Cojo a la niña en brazos (ella me mira con los ojos llorosos: lo siento, mi niña, pero ya es hora de dejar el parque). Cojo a la niña en brazos. Me pongo a seguir al tipo que se parece a un político famoso, muy famoso, muy poderoso, importantísimo. Le sigo a tres metros de distancia. Para, y yo también paro. Anda y yo también ando. Corre y yo también corro. Un coche me pita. He cruzado con el semáforo en rojo. Qué se le va a hacer, cretino, nadie es perfecto. Yo no soy perfecto, desde luego. ¿Tú sí eres perfecto, o qué? El tipo sale del coche, viene hacia mí. Me dice que dé gracias a Dios, que no me pega porque llevo a la niña conmigo, que si no… Le digo que yo no soy perfecto, que me deje en paz, que nadie es perfecto. Oigo los pitidos de todos los coches. Todos los conductores me insultan, me gritan, me gruñen. Estoy en medio del paso de cebra, cortando el tráfico, y discuto con el conductor mal educado. No soy perfecto, amigos, no soy perfecto, insisto. El maleducado vuelve a salir del coche. Dice que me aparte inmediatamente si no quiere que llame a la policía, que estoy poniendo en peligro la vida de la criatura que llevo en los brazos. No soy perfecto, le digo. No soy perfecto. Y cuando el semáforo se pone en verde para los peatones cruzo la calle con la niña perpleja. Busco al tipo que perseguía y no lo encuentro. Vaya niña, se nos ha escapado el George Bush de pacotilla.
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