Me lava el pelo una chica rubia. Es una tetuda con acento sudamericano. Sus manos son como agua de lluvia sobre mi cabello, sobre mis sienes. Temo que se me ponga la carne de gallina
Después de realizar más de una docena de llamadas, algunas de ellas muy productivas, le digo a mi jefe que no quiero acompañarle a comprar una camisa, que vaya él solo. Es la primera vez que me atrevo a decirle semejante cosa y tal vez lo he hecho con una brusquedad excesiva. Él se queda lívido. No dice nada, pero está claro que no entiende que no desee acompañarle a comprar cinturones, camisas o calzoncillos. Es rarito, más que un petirrojo verde. Más que una mariposa trapisondista. Más que un folio negro. Más que un día sin sol. Más que tu madre, amigo, más que tu madre, le digo al portero, que me mira expectante, con su pincel fino suspendido sobre la maqueta del portaaviones enano y fenomenal.
He regresado a casa para buscar dinero. Cuando ya lo tengo en el bolsillo derecho de mi pantalón verde, me voy al Corte Inglés de Nuevos Ministerios.
Está lleno de gente que tiene prisa. Está lleno de españoles y de inmigrantes con ganas de ser españoles. Está lleno de gente que camina con los ojos dirigidos hacia la nada. Le pregunto a un español que va vestido de traje dónde está la peluquería. Se sobresalta, como si le hubiera dado un bofetón. Me dice que en el segundo piso, en la planta de caballeros. ¿Pero hay caballeros en el mundo de hoy? Y él se sonríe. Alguno queda todavía. Pues yo creo que ya no quedan caballeros ni damas, le respondo. Le hablo cerca de su nariz y tengo la impresión de que el hombre se siente intimidado. Atribuyo mi comportamiento a mi invencible timidez. No sé cómo controlarla. Un día me di cuenta de que la mejor manera de orillarla era comportándome como el mayor de los extravertidos. Bueno, miento. No me di cuenta de eso. Me di cuenta de que no podía dominarla y que era tan humillante ser dominado por ella que comencé a comportarme con una extraversión rayana en lo delictivo. Tenía diecisiete años. La profesora me echó de clase. Su clase era maravillosa. Nos enseñaba griego y yo era un buen alumno. Y ella me echó de clase. Subo a la segunda planta del Corte Inglés. Sección de caballeros. No veo ninguna armadura. Se lo digo a una señorita que no tiene buen humor. Armadura para caballeros de la edad media, trato de explicarle el chiste, de aclarárselo. Me mira muy enfadada. Llego a la peluquería. Dejo mi abrigo en el ropero. Me lava el pelo una chica rubia. Es una tetuda con acento sudamericano. Sus manos son como agua de lluvia sobre mi cabello, sobre mis sienes. Temo que se me ponga la carne de gallina. Temo mi reacción más que ninguna otra cosa en el mundo. Temo que se note demasiado el placer que estoy sintiendo con sus dedos, con el agua tibia que es tan agradable como el agua de lluvia. Luego me siento en un butacón negro, siguiendo órdenes. La misma mujer me corta el pelo. ¿Cómo lo quiere? Lo quiero corto. ¿Cómo de corto? Pues corto. Tienes el pelo muy fuerte, eso es bueno. Tú también tienes un pelo precioso. Se ruboriza. Gracias, dice. Y tus manos tampoco están mal. No dice nada. Su silencio me acobarda, me siento tan tímido como siempre. Y empiezo a reaccionar como no debo hacerlo: ¿Te haces la manicura?, le pregunto. Son muy bonitas tus manos, añado. ¿Te paso la maquina por detrás?, me pregunta. Por detrás y por delante si quieres. Silencio. Estoy cada vez más acongojado. Ella me pasa la maquinilla por la nuca, y pienso en algo que decir, en una frase feliz con la que arreglar el desconcierto que he generado con mis palabras inapropiadas. El otro día me puse a seguir a un tipo que era igual que el líder de la Oposición, le digo, pero más bajito y más gordo y cuando ya llevaba un buen rato detrás de ese sucedáneo barato del líder de la Oposición, me di cuenta de que, en el fondo, estaba siguiendo a un imitador del presidente del Gobierno. Me cuesta distinguirles, sí, sí, te lo digo en serio. Me cuesta mucho saber quién es quién y eso que uno tiene barba y el otro carece de barbilla. En mi país todos los políticos son iguales, me dice ella. ¿Cuál es tu país?, le pregunto yo, y parece que la conversación va bien, que la cosa funciona, el optimismo me invade. Bolivia. Eso está en África, ¿no?, pero ella no capta mi broma. La verdad es que no era ninguna broma, sino un intento de afianzar una conversación que no terminaba de arrancar. No, no, replica ella, escandalizada, Bolivia está en Sudamérica. ¡Ya será menos!, le digo, y tampoco entiendo por qué le suelto esta coletilla. Ni ella ni yo. ¿Qué me está pasando? Me callo el resto del tiempo hasta que pago y me pongo la chaqueta en recepción, decepcionado, muy decepcionado con mi incapacidad para entablar una conversación provechosa con la peluquera.
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