Ante la mujer sonriente. Lo siento, le he dicho, me pone usted nervioso. Es usted una persona demasiado amable para lo que estoy acostumbrado a encontrarme por ahí. Ah, me ha dicho. Y me ha mirado con perplejidad, creo
Llego de la guardería con la niña en brazos. La acuesto en su cuna, la tapo con la manta. Pongo agua a hervir. Hiervo unos espaguetis. Luego sofrío tres cabezas de ajo. Luego echo los espagueti en la sartén. Luego me los como viendo la televisión. La casa huele a ajo y yo estoy eufórico. Sólo hay una cosa que me gusta más que el ajo: la lluvia. Pero hoy no llueve. Es una pena. Hay un sol agresivo que se ha tragado todas las nubes. Me conecto a Internet para ver si se acerca alguna borrasca esperanzadora, pero pronto me distraigo. Leo un par de artículos sobre las propiedades curativas del ajo. Los imprimo. Bajo al portal y los introduzco en el buzón de mi vecino. Yo creo que mi vecino tendría que tomar más ajo. Yo creo que mi vecino no toma nada de ajo, la verdad sea dicha.
A veces me toca llevar paquetes a clientes privilegiados, regalitos que mi jefe envuelve primorosamente. A veces llamo a los timbres de las casas con la esperanza de que abra la puerta una mujer de ojos incisivos y labios gordos que se desnude ante mi mirada atenta, cada vez más lujuriosa. Hoy casi sucede la fantasía. En la cuarta casa me ha abierto la puerta una tía que no era perfecta, pero yo tampoco lo soy. Se lo he dicho. Ni tú ni yo somos perfectos, amor mío. Amor mío no se lo he dicho, pero lo he pensado. Ni tú ni yo somos perfectos, eso es lo que le he dicho. ¿Cómo dice?, me ha preguntado mientras firmaba el recibí. Nada, hablaba de la perfección y de la imperfección de las personas. De nosotros. Pensé que la había vuelto a fastidiar, pensé que de nuevo había hecho trizas la posibilidad de una conversación sugerente con una mujer que me recibía casi desnuda. Pero no. La mujer me ha contestado. Sí, cuánta razón tienes, ha dicho. Ha sido maravilloso. Me he puesto nervioso, pero he logrado cabalgar sobre la dificultosa vergüenza, y lo he hecho como mejor sé hacerlo, confesándome ante la mujer sonriente. Lo siento, le he dicho, me pone usted nervioso. Es usted una persona demasiado amable para lo que estoy acostumbrado a encontrarme por ahí. Ah, me ha dicho. Y me ha mirado con perplejidad, creo. Pero me ha preguntado luego si quería tomar un vaso de agua. Le he dicho que prefería tomar un güisqui. Me ha dicho que de eso no tenía nada, que no debería beber mientras trabajo. Y me he ido. Al llegar a casa no he dejado de fantasear con esa mujer. He imaginado todo lo que podría haber pasado si no hubiera mencionado el dichoso güisqui. Maldita la hora en que se me ocurrió hacerlo.
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