En el sofá. Así que dejo de trabajar. Pero no se lo digo a mi mujer. Me quedo en casa todas las mañanas. Me tumbo en el sofá a leer el periódico y me concentro en el presente
1.- A mi jefe le gusta tomar cañas en un sitio que está cerca de mi casa. Es un bar estrecho que huele a fritanga. Es un bar lleno de gente y lleno de servilletas de papel tiradas en el suelo; lleno también de serrín al pie de la barra de zinc. Es un local extraño para alguien tan atildado como mi jefe, pero las cañas son casi alucinógenas, magníficas. Yo bebo sin hablar. Él habla del negocio una y otra vez, una y otra vez. Luego me dice que le acompañe a comprar el pan y el periódico. Luego me dice que su coche está estropeado. Yo le digo que el mío también. Ah, pero ¿tú tienes coche?, se sorprende. Pues no, la verdad es que no. Seguimos tomando cañas en otro sitio. Me empieza a caer bien mi jefe. Ya voy por la décima cerveza. Pido una copa, y cuando le doy el primer sorbo, mi jefe mira su teléfono móvil y decide que se tiene que ir a no sé dónde.
2.- De pronto la niña cae enferma y todo cambia. La niña ya no es admitida en la guardería. La chica bizca me sonríe más que nunca para decirme que allí no se puede quedar, que contagiaría a las demás niñas. Ya, le digo yo, pero si se queda en mi casa me contagiará a mí y a su madre. La bizca bizquea. Parece desconcertada ante mi comentario. Momento que aprovecho para abundar en el mismo argumento. Y también cabe la posibilidad de que termine propagando la enfermedad entre los vecinos del bloque de viviendas en el que vivo. Y yo no quiero provocar una pandemia. ¿A ti te gustaría que yo provocara una pandemia en mi barrio? Llega una madre y le dice algo a la bizca, creo que le dice algo de su hijo. La bizca me dice: Por favor, entiéndalo. Vale, lo entiendo. Cojo a la niña en brazos y regreso con ella a casa. Le pongo el termómetro. Treinta y nueve con dos décimas. Telefoneo a mi jefe. La niña está enferma, le digo. ¿Qué niña?, me pregunta. La mía. Ah, qué mala pata. Pues recuerda que dentro de dos horas tenemos que estar en Arganda para recoger todo el material. ¿Qué material?, le pregunto yo. ¿Cuál va a ser?, el material. Ya. La niña está colorada y tiene los ojos casi cerrados, la niña está amodorrada, la niña está tiritando. Preparo un baño de agua tibia. La sumerjo en él. Ella llora. Luego, cuando la fiebre le baja, chapotea alegremente como si nunca su cuerpo hubiera parecido una estufa pequeña y lastimera. La seco. Le doy paracetamol con una jeringuilla. Le doy un beso. Le doy de comer. Escucho el teléfono. Es mi jefe que llama. No lo cojo.
3.- Así que dejo de trabajar. Pero no se lo digo a mi mujer. Me quedo en casa todas las mañanas. Me tumbo en el sofá a leer el periódico y me concentro en el presente, en el hoy y no en el mañana. Siempre leo la sección internacional. La nacional no me interesa nada. A veces me pongo de pie y me estiro. Miro por la ventana para ver si va a llover. Luego me siento ante el ordenador y navego por internet. Pirateo la señal del vecino. Navego. Llego a youtube como los barcos llegan al Caribe y busco otro documental sobre Corea del Norte. Es un documental sobre las torturas en Corea del Norte. Qué país. Luego veo un debate en televisión. Qué país Corea del Norte, sigo pensando.
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