Pido otra cerveza. Ahora soy un hombre libre. Voy a un bar y luego a otro y luego a otro y luego a otro
Mi mujer ha llamado a la chica ecuatoriana para que cuide de la niña durante su enfermedad. Así podrás ir a trabajar, me dice. Así tu jefe no se enfadará. Pero yo no le digo que he dejado de ir al trabajo. Que no pienso volver a la empresa. Suena mi teléfono móvil, descuelgo y grito: Cómprate los dichosos gemelos tú solito, cretino. Eso deja las puertas completamente cerradas. Mi jefe ya no volverá a llamar. Ahora es mi ex jefe. Bajo a la calle a celebrarlo en cuanto llega la ecuatoriana. Ahora soy un hombre libre. Voy a un bar y luego a otro y luego a otro y luego a otro. En el último me quedo mirando a una chica muy guapa. Calculo su edad: no tendrá más de cincuenta años, pero me gusta llamarla chica y pensar que es joven. Así actúa la timidez. Uno quisiera ligar con una chica verdaderamente joven, pero se conforma con una cincuentona por pura timidez. Me quedo pensando en decirle algo agradable. Pido otra cerveza. Ella no me mira. Está leyendo un cuaderno de anillas, tal vez un informe laboral. No, no es una cincuentona. Debe de tener cuarenta años, no más. Es bastante guapa. Tiene las tetas pequeñas, apetecen. Pienso en algo apropiado que decirle. Pero entonces me doy cuenta de que es más joven de lo que yo pensaba. Que no tiene cuarenta sino treinta y tantos años y me empiezo a poner nervioso. El ataque de la timidez, tan puñetera, tan dominante. Ten valor, ten valor, me digo. El camarero me pregunta: ¿Cómo dice? Ten valor, es lo que me he dicho, le digo. No sabía que lo hubiera dicho en voz alta, usted perdone. Nada que perdonar hombre, ¿quiere otra caña? Sí, póngame otra caña, por favor, por el amor de Dios, póngame otra caña. Me la bebo de golpe y vuelvo a mirar hacia la mujer. Veo que ella me está mirando. Me decido a vencer la timidez de la única manera que sé, confesándome públicamente. Siento que me tiembla la voz cuando le digo: Usted perdone, señorita, pero es que soy tremendamente apocado, me preguntaba si le gustaría tomar una copa conmigo. No tengo tiempo, gracias, me responde ella. ¿Me cobras, Paco?, dice luego. ¿Qué te voy a cobrar?, le digo. Y me doy cuenta de que no me habla a mí, sino al camarero. La veo marcharse con el cambio que le da Paco. Me quedo solo con Paco. Yo también me llamo Paco, le digo a Paco. Es un nombre horrible, ¿no te parece? Él sonríe. No beba más hombre, dice. No beba más.
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