![]() 1.- Odio correr calle arriba, pero no me queda más remedio si quiero disfrutar de la lluvia como a mí me gusta. Subo de dos en dos los escalones y llego absolutamente agotado a mi piso. Abro las ventanas y cuando me voy a tumbar boca arriba veo que la ecuatoriana tiene a la niña en brazos y me está mirando. Vuelvo a cerrar las ventanas con una sonrisa. Estaba aireando la casa, le digo. Nada más aireando la casa. Se va a mojar todo, me dice ella. Ya, no ha sido una buena idea. Y de pronto me irrita tener que excusarme, tener que dejar de hacer lo que quería hacer. Oiga, le digo, creo que sería conveniente cambiarle el pañal a la niña. Creo que debería cambiarle el pañal a la niña, le repito. Se lo acabo de cambiar, señor. Oiga por favor, cámbiele el pañal a la niña. La niña me señala y dice: Papá, papá. La lluvia sigue rebotando contra el cristal. De pronto tengo una idea luminosa. Ven nenita, ven. Cojo a la niña y abro la ventana, me tumbo con ella cerca del cristal para recibir la lluvia. Los dos reímos a carcajadas. Nos empapamos mientras la ecuatoriana dice que estoy loco, que se va a mojar toda el salón, que vamos a coger una pulmonía, que mire cómo se está poniendo la alfombra. Qué más da, mujer, venga, túmbate aquí a nuestro lado. No seas tonta. Venga, vamos. Pero ella no hace caso. Se queda allí con gesto preocupado. El agua penetra en mi garganta agradecida. 2.- Salgo de casa temprano y me encuentro con el vecino. Él tampoco me saluda a mí. Caminamos casi en paralelo hacia los ascensores. Él llama a uno; yo, a otro. Bajamos en ascensores distintos. Durante el trayecto me miro al espejo. Mis brazos son grandes y tengo ojeras. Unas ojeras pequeñas, pero ojeras. Ojeras rojas, pienso, me gustaría tener ojeras rojas. Así que llego a la planta baja y veo que mi vecino va un metro por delante de mí. Es más bajo que yo y es mucho más calvo que yo. El portero saluda al vecino. El portero me saluda a mí. Sigo detrás del vecino, calle abajo. Si él hubiera ido calle arriba, lo hubiera dejado marchar, pero no es el caso. Los dos vamos en la misma dirección. Aunque yo no tengo por qué ir en esa dirección. Olvido con facilidad que ya no tengo trabajo. Lo olvido con facilidad porque nadie lo sabe; mi mujer tampoco. Así que continúo en la dirección que va mi vecino porque realmente tengo la impresión de que tengo que ir en esa dirección, que tengo que acudir a mi puesto de trabajo, que tengo que entrar en la boca del metro para salir en Suanzes, donde está el almacén en el que trabajaba. Mi vecino también baja las escaleras del metro. Yo le sigo. Veo que compra un billete. Paro. Subo las escaleras. Me siento en un banco de la calle y suspiro. 3.- ¿Qué tal te va en el trabajo?, me pregunta a veces mi mujer. Yo no sé qué decirle. Me da miedo confesarle que ya no tengo trabajo. Ella insiste en que de un tiempo a esta parte me ve mucho más raro que antes, cree que ahora parezco una persona distinta, que tengo una expresión más seria y que a veces no me entiende. Reconoce, eso sí, que estoy más cariñoso. Lo dice porque hacemos el amor todas las noches. Cuando ella llega a casa yo me he tomado una pastilla de ginseng coreano (no sé si del norte o del sur) y un par de dientes de ajo. Son un tremendo afrodisíaco. Son una maravilla. Nos desnudamos. Hacemos el amor. |
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