MIS VECINOS Y YO
Disparos a la conciencia: esclavitud consentida
Belén Aren | 25·07·2008 | 19:24

‘LA CASA GRANDE DE LEÓN’, el Ayto, es sinónimo de ‘Casa de los horrores’, antesala del sufrimiento y de la desesperanza. Cualquier otra denominación o calificativo que se quiera utilizar encaja y define sin necesidad de recurrir a tópicos ni exageración la galería de escenas y situaciones vividas por los trabajadores no afines a la causa de la rosa (el partido de gobierno).

Me gusta captar la atención de algunos ex-compañeros y enviarles el siguiente mensaje: “No seas esclavo consentido, libérate”. Cuando me devuelven la respuesta en forma de mirada huidiza puedo leer en sus ojos: “Sí, estoy de acuerdo, pero la hipoteca, la letra del coche, el colegio de los niños, las cañitas obligadas por el Húmedo y el bolso de ‘Tous’ de mi mujer, ¿quién me lo paga?”. Esta situación, como cualquier situación de dominación, es horrible y repugnante y nos lleva de nuevo “a la esclavitud consentida”.

Algo ha sucedido entre la generación de nuestros padres y la nuestra, a ellos el trabajo duro desde la infancia (mi madre siempre le ha contado a mis hijos: “Cuando yo tenía seis años cuidaba vacas por 1 duro y calzada y cuando tenía tiempo me mandaban a lavar las sabanas al río Torío y con mis manitas tenía que romper el hielo en invierno para poder mojar la ropa”). La guerra y el hambre de la posguerra, junto con las necesidades más vitales, les hicieron libres.

“Cuando yo tenía seis años cuidaba vacas por 1 duro y calzada y cuando tenía tiempo me mandaban a lavar las sabanas al río Torío y con mis manitas tenía que romper el hielo en invierno para poder mojar la ropa”

Sin embargo, su miedo al pasado sobreprotegió a la generación actual que se ha desarrollado en el exceso generando… ‘la esclavitud consentida’. Esta forma de ‘esclavitud consentida’ es la responsable de que los trabajadores de ‘LA CASA GRANDE’ tengan miedo a rebelarse.

Es ‘la esclavitud consentida’ la que impide ver la realidad. La ciudad se muere cada día un poco más, se apaga el verde de sus jardines o el brillo de la limpieza en sus calles, los trabajadores no reclaman sus derechos, mutilados en su mayor parte por los propios sindicatos, y todo por miedo a ser libres y no saber cómo utilizar su libertad.

Pasamos de la libertad conseguida con esfuerzo por parte de nuestros padres a la ‘esclavitud consentida’ como consecuencia de una falta total de valores morales. Y como no me gusta enrocarme en la amargura, quiero deciros que algo está cambiando, y muy pronto tendremos un nuevo modo de pensar y sentir. Un niño está a punto de nacer y con él la libertad en ‘LA CASA GRANDE’.


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