Sujetos también a zarandeos de todo tipo, cada vez que llega septiembre los libros de texto se convierten en asunto preferido de discusión unánime. Unidas por ellos —algo es algo, al menos—, las familias entonces protestan vivamente de sus precios, miran al Gobierno de turno para exigirle trato de favor (desde ayudas indiscriminadas hasta la pura gratuidad) y terminan por echarles la culpa —¡pobres libros de texto!— de casi todo: desde los crujidos con que se resiente la economía diaria hasta el sitio que ocupan o los dolores cervicales de los niños.
No es de extrañar que un objeto como el libro de texto, que no está entre los signos de presunción social (joyas, ropa, teléfonos móviles, coches…), sea a fin de cuentas el chivo expiatorio que se lleva los palos y sobre él recaiga el dedo acusador de quienes buscan culpables de esa pesadumbre social que llega en septiembre, cuando la anodina vida laboral hace de los últimos resplandores del verano mera postal, cada vez más difuminada por los vértigos amargos del otoño.
Siempre nos ha tentado hacer una abstracción peligrosa y suponer que en realidad la protesta no va dirigida con tanta contundencia hacia el propio libro de texto —artefactos cuyas claves a menudo no dominan quienes claman contra ellos— como hacia su significado, su proyección incierta e invisible.
Los pequeños libreros, esos que se van defendiendo como pueden de las asechanzas de los potentes comercios rutilantes, no pueden competir desde hace tiempo ante las rebajas que éstos consiguen hacer en los libros de texto, que poco a poco se han convertido en material de hipermercado
Los nostálgicos recalcitrantes recuerdan las enciclopedias multiusos —la añorada “Álvarez”— y defienden esa postura parva de creer que su generación sabía más que otras posteriores sin necesidad de tanta munición como hay hoy en las mochilas colmadas de los niños; otros, en cambio, tienden a la prospección y se preguntan cada vez en voz más alta a qué viene tanta servidumbre a Gutenberg en la era de Bill Gates: en las cloacas inmensas de Internet se halla la respuesta a todo, dicen. ¿Por qué seguir dependiendo de los viejos, caros y voluminosos libros de texto?
Pero lo que las familias no saben es que ellas son las últimas en protestar año tras año con tanta incontinencia. Antes que ellos ya lo hicieron los profesores, que con toda la razón lanzan tiros al aire —también año tras año— clamando contra sucesivos cambios de planes en la política educativa que una y otra vez anulan temas y contenidos de los manuales vigentes, generalmente por razones del todo inapreciables (uno recuerda con sarcasmo al inspector que llegó un día decidido a recriminar la ausencia de autores castellanos y leoneses en la programación de ¡Lengua castellana! (imagínense ustedes: a aquel sabueso de encargo no le bastaban Jorge Manrique, Sem Tob, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, el Amadís o el Cantar del Cid…); probablemente, se buscaban autores y obras de resonancia estrictamente local que ayudaran a hacer más visible esta tierra en lo que concierne, ay, a la literatura.
La gota última del vaso ha sucedido este año: la ley que regula el Bachillerato, emitida por la Consejería de Educación, trae fecha del once de junio pasado; los manuales escolares ya estaban preparados, naturalmente, meses antes: alguno de ellos se deberá desechar por no ajustarse a lo dictado legalmente. Despropósitos así también explican tanto encarecimiento. Es lo que ocurre cuando se trazan los botones antes de ver el uniforme…
¿Más desasosiegos? Sí. Los pequeños libreros, esos que se van defendiendo como pueden de las asechanzas de los potentes comercios rutilantes, no pueden competir desde hace tiempo ante las rebajas que éstos consiguen hacer en los libros de texto, que poco a poco se han convertido en material de hipermercado que ocupa áreas enteras junto a electrodomésticos y menudencias de ferretería. Nunca nos ha gustado ver libros —ni de texto ni de los otros— preferentemente en esos lugares. Pierden aura. Se convierten —al menos a los ojos de quien esto escribe— en meros cachivaches adocenados en escuadrón. Quién sabe si dentro de nada uno se podrá llevar un par de yogures gratis junto a la obra de Lorca… O al revés.
Pero terminemos volviendo a la quejumbre coral familiar ante el rito de adquirir los libros de texto. Tras las anuales vacaciones intocables, con la esperanza puesta en un modelo de ropa de otoño que casi tintinea en el escaparate llamándote por tu nombre, sin pasarse por la cabeza negar a la niña la prometida fiesta de cumpleaños —invitaciones a los amiguitos incluidas, por descontado— en la hamburguesería donde se recala cada sábado, calculando el puente más idóneo para escapar un par de días, echando cuentas ya de los previsibles excesos navideños obligatorios y preparando la petición a los Reyes Magos… ¿cómo va a quedar sitio para esos mamotretos que cambian cada año, pesan endemoniadamente, van ocupando demasiado espacio en los trasteros y nadie quiere ya la temporada próxima. Y, encima, la criatura a lo mejor repite curso. Tanto gastar para nada.
Y es entonces cuando tantos padres y madres comprenden del todo aquello con que los bienpensantes les martilleaban cuando ellos eran pequeños y se las arreglaban con una simple enciclopedia para salir del paso: en efecto, el saber ya no ocupa lugar. Ni tampoco su ministro visible en la Tierra: el libro de texto.
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