En la infancia, la edad en que suceden las grandes revelaciones, llegan palabras que terminan por adherirse a uno para siempre sin poder hacer nada por remediarlo. Es lo que nos sucedió con un aforismo de Manuel Alcántara, leído muy pronto y que acabó cosido hasta hoy a la memoria. “Nadie sabe la edad que tiene porque nadie conoce cuándo va a morir”, decía aquella flamante sentencia que nos sacudió las entretelas más de lo previsto. Tendrían que pasar muchos años hasta conocer una novela de Saramago, Todos los nombres, presidida por esta otra cita que acabó por zarandearlo todo: “Nadie conoce el nombre que tiene; sólo sabemos el nombre que nos han puesto”. El destartalamiento ontológico ya estaba completo. Ni el nombre ni la edad, los dos fundamentos básicos sobre los que se alza cualquier identidad, eran fiables. Quedaba uno así, navegando sin velas y sin saber a qué agarrarse para sentirse un poco más sólido. La conciencia de naufragio duró lo suficiente como para aceptar que todo lo vital era un accidente. Y por eso mismo, más valioso.
Y, sin embargo, esa doble incógnita de la edad y el nombre no encuentra correspondencia en nuestra sociedad, que sigue cuidando con exceso impropio de ambos datos: esconder la edad y escoger un nombre que encaje con simpatía en la época son operaciones de largo alcance social. Hablemos, entonces, de la edad.
En realidad, lo que ocurre —uno siempre ha pensado en eso— es que nombrar la edad que se ha alcanzado es convocar un poco más a la muerte, tentar la aparición de sus olores agrios. “¡Eh, ya estoy aquí!”, parece que dijéramos con chulería fatal cuando proclamamos los años que cumplimos. Sólo desde esta idea se nos ocurre disculpar ese gesto de asustadiza coquetería —más miedo que presunción— que es quitarse años, operación que se dirigiría a sosegar a la muerte más que a suscitar envidia coetánea. Callarse los años sería así un ejercicio de mampostería piadosa: “¡Aún no he llegado lo bastante lejos”, “Aguarda un poco más para llevarme”, “Busca todavía a otros más viejos”. Recados de demora; mentiras melancólicas destinadas —inútilmente, sí— a resistir.
Esta costumbre se ha exasperado en nuestra época hasta hacer de los nombres de la edad pequeños cuarteles inesperados, minifundios que intentan crear la ilusión de la flecha suspensa de Zenón: una fundación de estadios intermedios cada vez menores que van alejando las palabras terribles que parecen no tener que ver con cada uno de nosotros: vejez, decrepitud, pérdida de la conciencia de “estar aquí siguiendo”, como diría Juan Ramón. Quizás por ello hace tiempo han surgido edades subsidiarias que nos instalan en la soberanía escurridiza del presente, única medida temporal en que nos acabamos reconociendo.
Se gradúan en Educación Primaria y luego en Secundaria y por fin en Bachillerato —ellas con vestido ‘évasé’ y ellos en traje de Tarantino— para hacerse la ilusión de que ya tienen suficiencia académica reconocida (uno ha llegado a ver con estupor la orla enmarcada de una promoción de niños de guardería, birrete a la cabeza)
Cuando la vida era más corta y un legionario romano tenía a partir de los cuarenta años ya muy comprometida la existencia, no existía este repertorio actual de edades que convierten la andadura de cada cual en un itinerario de continua parada y fonda. Entonces la cosa era más simple: infans, puer, junior, senior, vetulus…; cinco palabras eran suficientes para nombrar las edades de una vida. Pero ¿y ahora? Toda una galería onomástica va documentando, peldaño a peldaño, cada tramo vital a fin de justificar actos y gestos por razones de edad. Y así, entre la infancia y la pubertad se ha calzado esa cuña fantasmal que es la preadolescencia; y se habla luego de primera y segunda juventud; y está la madurez (la primera, la plena, la última) y la edad de la prejubilación y el descenso a los abismos de los últimos años, que aún puede compartimentarse (vejez, ancianidad), todo ello con pruebas de rasgos naturales, visibles y distintivos, para cada periodo. Aunque parezca extraño, esta compartimentación de la vida en rodajas está cerca de ese otro fenómeno ridículo y lleno de pretenciosidad que es la gama de graduaciones a que se someten —con gusto, naturalmente— nuestros hijos. Se gradúan en Educación Primaria y luego en Secundaria y por fin en Bachillerato —ellas con vestido évasé y ellos en traje de Tarantino— para hacerse la ilusión de que ya tienen suficiencia académica reconocida (uno ha llegado a ver con estupor la orla enmarcada de una promoción de niños de guardería, birrete a la cabeza). Una vez suprimidos de las sociedades los ritos de paso (la cacería, la mili o la puesta de largo), verdaderas fronteras emocionales de la edad humana, es cuando han proliferado estas otras maneras de fijar la identidad, que en el caso de la concentración parcelaria de la edad encierra el inútil afán de multiplicarla. Tal vez de detenerla.
Lo curioso es que luego la biología no se corresponde con el programa previsto, y la adolescencia dura muchas veces hasta los cuarenta años, poco tiempo antes de que llegue a empatar con ella la jubilación anticipada y hasta el mal de Alzheimer, todo junto y revuelto como para desbaratar el dibujo cronológico previsto para la existencia humana, que salta por los aires como una sopa fría con todos los nombres de la edad mezclados en un encontronazo imposible de entender, imposible también de detener.
Libros de texto | 7-09-2008
Cuaderno sin norma (8) | 1-09-2008
Los apodos | 25-08-2008
Cuaderno sin norma (7) | 21-08-2008
La edad reprochable | 11-08-2008
Cuaderno sin norma (6) | 3-08-2008
Defensa del buzón | 27-07-2008
Cuaderno sin norma (5) | 21-07-2008
Las noticias del bien | 12-07-2008
Cuaderno sin norma (4) | 6-07-2008






















