HAN llegado lilas a casa. Entran decididas, con su perfume violento que parece atacar el panorama de las habitaciones oscurecidas. Siempre me perturbó este olor de intensidad corporal, un olor que se hace complicado corresponder con la fragilidad de la propia lila, a punto de rendirse en cascarillas entre los dedos. ¿Y no parecería más adecuada otra flor mejor cuajada en la carnosidad? Pero no. Aquí están, triunfantes y leves y mojadas, las lilas, con la morbosidad primaveral de su sudor morado, que huele a susto y a dulzura a la vez. Si el arrepentimiento se hiciera olor, olería a lilas.
PERO cuánto se sigue hablando de la educación escolar, ese problema que siempre se intenta arreglar revocando unas cuantas esquinas de los planes de estudios, como si todo fuera cosa de matiz decimal. Y qué va. Mientras los que mueven las piezas de la partida no acepten que el alumnado en el aula es reflejo directo de lo que ellos mismos les dan como alimento fuera de ella —dictadura de las marcas, agresividad portátil en ropajes y ademanes, ruido impune por doquier, violencia abaratada en películas de argumento reiterado…— las cosas no cambiarán mucho. Eso por no hablar de la excesiva claudicación de los docentes. Se me dirá lo que se quiera, pero en las salas de profesores (discusiones de fútbol, angustias bursátiles y sudokus a medias) se pierden muchas horas entre clase y clase impartida. Sé de lo que hablo.
Mientras los que mueven las piezas de la partida no acepten que el alumnado en el aula es reflejo directo de lo que ellos mismos les dan como alimento fuera de ella— dictadura de las marcas, agresividad portátil en ropajes y ademanes, ruido impune por doquier, violencia abaratada en películas de argumento reiterado…— las cosas no cambiarán mucho
MI obsesión por recortar y dejar cerca de mí durante un tiempo asuntos de periódico: fotografías, titulares candentes o inopinados, noticias que un día se atraviesan fugaces como meteoritos dolorosos. Lo voy dejando todo al lado y sigo esperando algo de ese material incandescente. No sé qué. Hace tiempo tengo ante mí la foto de este hombre que cruza ilegalmente la frontera entre Zimbabue y Sudáfrica bajo una enredadera espinosa de alambres. Su mirada enclavada en una lejanía, su gesto agazapado, sus tendones tirantes. Qué poco se diferencia de esos animales captados en escenas naturalistas de supervivencia. Y quién sabe: acaso él murió en el intento pero la foto ganará un premio. Así están las cosas en este mundo donde la distancia entre el dolor y el prestigio —entre la realidad y los simulacros— es mínima y engañosa.
VEMOS por fin a nuestra amiga, alcanzada de lleno por el cáncer. Cuando nos besamos, no para de sonreír con los ojos y los dientes blanquísimos. Ya lo voy aceptando, me dice. Y en las conversaciones de la tarde se entreveran alusiones negras con pellizcos a la cotidianidad. Lo grave y lo normal se neutralizan extrañamente. Y los que nos creemos sanos nos sentimos un poco avergonzados de nuestra salud ante esta mujer hermosa y digna que parece deslizarse sin importancia por encima de su enfermedad. Por una vez, a nadie se le ocurre quejarse del mal tiempo o de los chasquidos menores de los huesos.
NO puedo evitarlo: cuando escucho la voz meliflua de algún obispo llenándolo todo de natillas empalagosas me convenzo de que hay también algo de antinatural en lo que pretende defender. La Iglesia más visible no sólo ha perdido el compás con la realidad hace ya tiempo; también ha perdido el tono. ¿Pero por qué no hablan sin pucheros ni requiebros feminoides innecesarios? ¿Por qué no hablan —sí— como Dios manda?
CUANDO llegan cada año estas fechas, se rompe la respiración en el barrio por un perfume que ya se había olvidado. Dura tres o cuatro días nada más, sí, pero ¿quién será el que se pone siempre a vivir por ahora en el olor de las acacias?
Lo peor es que eso ocurre en un país donde los escritores se ponen zancadillas no ya para el Nobel sino para una simple recompensa de barrio. Es así…
LOS tópicos hacen callo difícil de resolverse. Una frase espontánea recogida con fortuna en el aire puede ir pasando de una generación a otra hasta acabar por definir sumariamente, sea ello verdad o no, a quien la dijo. Lo pienso leyendo Juan Ramón Jiménez, 1956. Crónica de un premio Nobel, libro admirable de Alfonso Alegre y José Antonio Expósito donde se desenmascaran muchas cosas. No sólo, por supuesto, se aclara el sobreesfuerzo del régimen de Franco para evitar que Juan Ramón se alzara con el premio sobre otros más afectos a la dictadura —Pemán incluido— sino que queda al descubierto algo que los juanramonianos ya sabíamos de siempre: su generosidad, la voluntad de distanciarse a toda vela de estos asuntos, su noble concentración en torno a la poesía nada más. A tanto llegaba ello, que en el libro salen por vez primera cartas de Juan Ramón reclamando públicamente el Nobel para otros (Baroja, Azorín, Ortega…). Pero ¿después de este riguroso estudio documentado cambiará la opinión sobre la manera de ser, excluyente y distante, del poeta de Moguer? Me temo que el cliché se haya endurecido lo suficiente como para no reconsiderarlo ya. Lo peor es que eso ocurre en un país donde los escritores se ponen zancadillas no ya para el Nobel sino para una simple recompensa de barrio. Es así…
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