Cada vez que una parte del corral —pero siempre son los jóvenes— acomoda el lenguaje a sus maneras, se produce un revuelo gallináceo y purista que deja ver algo más que la defensa del idioma, en peligro de ser vapuleado por los nuevos corsarios; deja ver, claro que sí, más que una resistencia, una impotencia para entrar en nuevos modos de vida que obligan, indefectiblemente, a nuevos modos de comunicación.
Es lo que está ocurriendo con el lenguaje de los teléfonos móviles, codificado de esa manera económica y urgente pero muy eficaz, algo que ya había ocurrido antes —por ejemplo, en el mundo de los telegramas— sin que nadie se rasgara las vestiduras. En realidad, cada vez que la ciencia ha aportado nuevas posibilidades materiales de hacer descansar la expresión en soportes nuevos, el lenguaje se ha resentido. ¿Para mal? No necesariamente. La propia aparición del libro —quién lo diría— como patrón cultural supuso un reacomodo radical del orden del lenguaje, que hubo de inventar maneras de transcribir a la escritura soluciones vigentes hasta entonces en la lengua oral. Aquello incomodó a muchos, empezando por los que seguían reclamando que la lengua escrita fuera factor de distinción social. Imagínese entonces cómo se recibiría en aquel siglo XVI la prosa de Teresa de Jesús, petroleada con la gracia de la lengua popular, o la recomendación de naturalidad de Juan de Valdés (”escribo como hablo”).
Lo cierto, haya gustado o no, es que la técnica ha sido de siempre condicionante decisiva para remover la epidermis del lenguaje; sin ella, éste sería como una morsa adormilada en una costa fría. La creación de nuevos objetos ha supuesto siempre la aparición de nuevos nombres que, vengan de donde vengan, terminan por refrescar el oído y el paladar del hablante. En cuanto a los inventos y su revolución verbal, ya hemos citado al telegrama (Rafael Alberti compuso poemas en esta clave sincopada y divertida), y nadie dudará de que el cine acabó por hacer distintivo el lenguaje y la estructura de las novelas del siglo XX. En el propio lenguaje de los periódicos, cada sección condiciona fatalmente el registro que ha de emplearse, y tan descabellado es emplear una secuencia extensa para un anuncio por palabras como hacer explotar un titular con una solución anfibológica. En el ‘Diario de Irán’ se leyó una vez esta joya: “El partido terminó con empate a cero; al final de la primera parte ya campeaba este resultado en el marcador”. Aunque es Cervantes una vez más quien da una vuelta de tuerca en El Quijote con esta fórmula magistral —un verdadero anuncio por palabras— que sólo un poeta con oído depurado (Rafael Marín lo hizo) podría detectar: “Perdido ganado”.
Nunca hacer joyería con las palabras en el ansia de llevar el idioma a un purismo engolado. Dicho en otra clave: cuando Plácido Domingo pone voz de tenor incontestable a una copla desgarrada, se la carga de arriba a abajo
Con todo ello queríamos defender la aparición de ese código híbrido y asmático que utilizan los usuarios más finos de los teléfonos móviles. Nunca nos opondremos a él, a condición de que quienes lo emplean sepan que pertenece a ese ámbito exclusivo de la pantalla y la urgencia, tal el pez que no puede sacarse del estanque sin boquear. En el fondo, se trató siempre de lo mismo: respetar nuevas formas de expresión agudizadas por nuevas posibilidades de comunicarse. Las divisas de los blasones nobiliarios exigían una condensación críptica y esencial para poderlas empotrar en el escudo de la familia. El mensaje dependía, pues, de una limitación espacial. ¿No está eso demasiado cerca del estreñimiento verbal, no exento de ingenio, de los mensajes de los teléfonos móviles? Y no le andan a la zaga las abreviaturas. Aquella expresión latina, “et cetera”, pronto se simplificó, se soldó y acomodó fonéticamente (”etcétera”) y, por fin, casi se evaporó (”etc.”); por no hablar de la contracción de “Vuesa Merced”, que acaba desembocando en el “usted” que aún mantiene la reliquia de la uve en su abreviatura usual (”Vd.”). Seguramente durante la azarosa travesía de estas palabras resonaron cachetes en aulas de Preceptiva y de Gramática cuando el escolar más osado empezó a hacer esas piruetas para ahorrar espacio, tiempo o tinta.
Pero ya ven: el destino de una palabra está en el uso, como Horacio decía. Y el escritor alemán Von Hofmannsthal, que siempre huyó hacia el silencio, dejó sentado: “Ojo con los hombres que hablan bien”. ¿Y qué será entonces hablar bien? Uno ha pensado siempre que sólo puede significar saber usar en cada momento la lengua en su frecuencia adecuada. Nunca hacer joyería con las palabras en el ansia de llevar el idioma a un purismo engolado. Dicho en otra clave: cuando Plácido Domingo pone voz de tenor incontestable a una copla desgarrada, se la carga de arriba a abajo.
Dejemos entonces que la lengua tenga sus particulares códigos alegres, como éste que menudea en el mundo de los mensajes digitales, emoticones incluidos. Y vigilemos más de cerca a los periodistas que nos intoxican por tecla, mar y aire con puñaladas verbales desde todos los medios de comunicación. Ahí sí que hay peligro.
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