SON dos ancianos vencidos ya por todo. Cada día los veo atravesar de la mano con pasos minuciosos las calles de la ciudad. Por aquí; por allí. Donde menos lo espero, ahí aparecen. De la mano. Tiene ella una encorvadura exagerada, tanta que desde atrás —me quedo siempre mirándolos— no se le ve la cabeza y compone una figura extraña y acéfala. Son la imagen del amor y del desvalimiento. El hombre siempre va sonriendo y un poco por delante de ella. Conduciéndola. ¿Hacia dónde la lleva ¿O de qué la salva?
SE celebra una reunión internacional para prohibir la fabricación de bombas de racimo. Pero no firman el acuerdo ni Estados Unidos ni Rusia ni Israel ni China. Días más tarde, hay un congreso propiciado por la FAO para paliar la hambruna. Pero no pasa todo de un compromiso retórico al no suscribirlo los países más desarrollados. ¿Y cómo creer en los mandarines, cuando hablan de un orden más justo para el mundo?
MIRA tú qué suave cae la tarde de junio, como un guante sin ganas que va encapuchando el aire hasta hacer de los cuerpos siluetas y sombras y ya por fin coágulos semovientes. Se despide la hierba, ya sólo entrevista; y las nubes, retiradas hasta la difuminación; y hay últimos ladridos de agotamiento en lo oscuro. Todo va a menos. Hasta mañana, hasta mañana.
HE conocido en estos días la cara cruda de la inquina. Me la dejó metida en el alma alguien que vino a golpearme una vez más con palabras arrancadas de la amargura y del rencor. No suelo recuperarme ágilmente de esos embistes. Siempre es así. Intento pensar que quienes me han herido —en realidad fueron dos: el amargo, que escupía, y el cobarde, que consentía— son en el fondo residuos en bruto del franquismo, y que algo de ellos también es mío, también soy yo. Pienso que su actitud es el retrato de toda una generación más que un carácter. Lo hago para intentar calmar la malevolencia que me embarga. Pero me es imposible. A cierta edad uno debería poder elegir también el árbol por su sombra, no por sus frutos. Y uno de este individuo no tiene azúcar. Y el otro, el peor, tiene mal follaje, sí. Il faut ne pas se faire de mauvais sang. Ya pero…
¿Qué está pasando en Ifni? Los periódicos de por aquí no cuentan nada y ha de ser una vez más el boca a boca (el tecla a tecla) el que tiende puentes
¿QUÉ está pasando en Ifni, aquella pequeña ciudadela marroquí que sirvió para hacer creer a España que teníamos en el monedero todavía calderilla imperial? ¿Qué está sucediendo allí? Los periódicos de por aquí no cuentan nada y ha de ser una vez más el boca a boca (el tecla a tecla) el que tiende puentes. Al parecer, para sofocar una huelga se han enviado tres mil soldados que han llevado a cabo una brutal represión contra la población civil. Veo vídeos clandestinos, leo la información matriz, envío una protesta a la embajada española en Marruecos. Y me hago con la dirección de Juan Goytisolo para instarle a que haga visible lo que parece condenado a no saberse, a no existir. Ustedes entren en el santuario de Google, tecleen “ifni-06.2008″… y luego me dicen.
ELOGIO de la heroica iniciativa editorial, cuando la presencia del libro está por encima del interés de la presencia industrial. Hablo de Candaya, que sigue casi como cosa de familia, desde Canet de Mar, remando con ritmo sigiloso pero constante, dando al aire ediciones ejemplares en torno a autores contemporáneos. Ahora sale la de Roberto Bolaño (Bolaño Salvaje) y la de Ricardo Piglia (El lugar de Piglia), ambas complementadas con sendos CD’s documentales sobre esos escritores.
Hace mucho tiempo que lo pienso: las más afamadas colecciones literarias —ésas con campamento en Madrid y Barcelona, y donde morirían por publicar tantos autores que siguen pensando que el mensaje es el medio— tienen mano larga pero también sucia. O al menos, descuidada. En cambio, en la sombra de la periferia es donde están aventuras tratadas con esmero y rigor. La editorial Candaya es una de las pruebas más significativas de ello. Larga vida a Candaya, amigos.
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