No es probable que en España y hoy en día se viese con buenos ojos la reaparición de Carpanta, aquel personaje de los tebeos mal afeitado y sonriente, y siempre obsesionado con muslos de pollo que le ocupaban el pensamiento en forma de imago mundi. Al igual que Otilio —un fontanero tragón— y Gordito Relleno, Carpanta pertenecía a una galería de obesos y hambrientos que retrataba el canon de toda una época. El fantasma del hambre se alargó en la posguerra española hasta los años sesenta, y las películas, los chistes de entonces y la publicidad dejaban constancia de la ilusión de que, a costa de lo que fuese, se saciaba el apetito.
Y es que cuando una sociedad ha pasado hambre, surge una mitología apabullante de imágenes orondas que sueñan con poder devorar cuanto les salga al paso. En los ritos de la vida cotidiana española sucedía otro tanto. No hace mucho las bodas tenían todavía esa misma función obligatoria de saciar por un día a los allegados. ¿Lo recuerdan? El padrino, indefectiblemente, iba preguntando a los comensales, entre abrazos aparatosos y besos grasientos, si habían quedado a gusto. “Yo di orden al restaurante de poner todo a repetir”, decía. A repetir: esa era la clave. ¿A repetir? ¡A reventar! Las baterías de camareros se afanaban en despachar en los platos una y otra vez el menú nupcial de referencia: los embutidos variados, las croquetas de ave, las gambas Orly, los calamares rebozados, el vol-au-vent de ensaladilla, los langostinos dos salsas, el pescado, la carne con guarnición y por fin la tarta. Y pan, mucho pan. Quién sabe si en el inconsciente colectivo no habría puntos de sutura que relacionasen la saciedad del cuerpo con la plenitud conyugal de la nueva pareja. Al fin y al cabo, es arroz lo que se arroja sobre los novios como símbolo de la prosperidad deseada.
En la España finisecular comenzó un nuevo culto a la comida que ya no pasaba por considerar que la nuestra era una población que necesitara cantidad sino sofisticación
Pero la cosa ha cambiado. En la España finisecular comenzó un nuevo culto a la comida que ya no pasaba por considerar que la nuestra era una población que necesitara cantidad sino sofisticación. La emulación a otros países pasaba también por acercarse a sus maneras culinarias; así, los sabores brutos eran indicios de un gregarismo modorro que una sociedad como la nuestra, que empezaba a ser finústica, no podía soportar en un momento en que llegábamos a estar en otros órdenes entre las primeras potencias mundiales. De modo que no se trataba ya de comer más —cosa que no hacía falta— sino de comer mejor. A la exuberancia culinaria la sustituyó la exquisitez. A la necesidad de matar el hambre con artillería barata, el gusto por probar cosas nuevas. Una palabra como “degustación” sería improbable en épocas de Carpantas, cuando a las comidas había que echarle aquello que llamábamos “sustancia”. Ahora ya no. En la década de los noventa, ya en la sociedad líquida, las comidas prestigiosas debían responder también a ese patrón: desustanciadas, desestructuradas, delicuescentes, reconstruidas…; el propio lenguaje culinario se apresuró a reflejar lo que el país aspiraba a proyectar hacia el exterior. De ahí que las nuevas propuestas gastronómicas tuvieran, todas ellas, un factor común que las empezó a caracterizar: su naturaleza esquemática, teniendo en cuenta que quien se disponía a comer —decían algunos de aquellos chefs que inauguraban la cocina española— no iba a ya a satisfacer una necesidad básica sino a ejercer un acto cultural. En un país donde sería de mal tono proclamar en alta voz tener hambre, la comida se convirtió en un ejercicio metafísico.
Y es que siempre que se quiere dejar claro que una sociedad ha cubierto sus necesidades básicas, se ha de anteponer en toda manifestación lo formal a lo sustancial. No otra cosa es el triunfo del diseño sobre el contenido. Lo que acaba cansando en la relación con las cosas no es su función sino su forma, y salvo dos objetos canónicos, dos pequeños animales domésticos cuya apariencia nadie ha podido mejorar en la vida diaria (el cortaúñas de bolsillo y el abrelatas de explorador), todo lo demás intenta remozar periódicamente, y cada vez a más velocidad, su cobertura.
La comida, también. Repárese en que ya no es el olfato el disparador del apetito. El “qué-bien-huele” se ha sustituido por “qué-bonito-es”. El cocinero se acerca al artista. El acto de comer empieza ya en el ojo, dicen los modernos sacerdotes de los fogones. Y acaso sea así, pero sólo a condición de aquello que decíamos: que comer sea un acto secundario, un añadido cultural, una necesidad metafísica, un rito entre lo intelectual y lo sensitivo de donde pueden desprenderse repercusiones sociológicas. Y, por qué no decirlo también, a condición de que tras cantar las excelsas notas de vainilla que quedan bailando en el retrogusto de un carpaccio de bacalao batido en espuma de plátano, uno llegue a casa, abra la nevera y encuentre esperándolo una lata de mejillones en escabeche para irse con alevosía y nocturnidad un poco más entonado a la cama, relamiéndose sin miedo como un Carpanta clandestino y feliz.
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