QUE para siempre lo sepan los lobos del Santo Oficio de la Administración, esa madrastra avarienta y de manos sucias: a veces, para ser un buen profesor es preciso, y aun aconsejable, ser un mal funcionario.
DOS letreros deliciosos, de ésos que me asaltan de pronto en una calle y me retienen entre risas la mirada. Uno, el más misericordioso, reza así: “Centro de referencia estatal de buenas prácticas para personas mayores”. En un país confesional yo hubiera supuesto que se trataba de la construcción de una iglesia, naturalmente.
El otro estaba al inicio de una calle recién pavimentada por donde no pueden circular coches pero tras leerlo me convencí de que iba a penetrar en el laberinto del Minotauro. “Plan de movilidad urbana sostenible”. Eso decía. Y ahí quedaba la perla para quien la supiera descifrar. Quién sabe si el señor Emeterio, vecino de toda la vida, tras leerlo trabajosamente no se atreviera a pisar ni la primera baldosa…
¿TIENE cerezas de corazón de pichón? ¡Déme un repollo de corazón de buey!, ¡Hay berzas de asa de cántaro! ¡Lléveme el queso de pata de mulo, que se me va solito!… Toda una nomenclatura fantástica que voy oyendo al paso en el mercado público de los sábados. Y me imagino un ejercicio de Juan de Mairena: “Cierren los libros de Preceptiva y salgan ustedes del aula a escuchar metáforas; hoy damos la clase de poesía en el mercado”. Tal vez eso deberíamos hacer de cuando en vez con nuestros alumnos.
Se han puesto en el primer pupitre del mundo sin haber estudiado todas las asignaturas y tienen materias pendientes que resuelven con cursillos acelerados. Así les va
ESTADOS UNIDOS: una ley frena la restricción en el libre uso de armas. Siempre me ha parecido que esa costumbre norteamericana tiene que ver, más que con la inseguridad o la violencia latente en su vida cotidiana, con la poca historia que el país carga a su espalda. Cuando en el siglo XIX allí se hablaba a balazos, en Europa ya estaban prohibidos los duelos, que eran al alba y clandestinos. Le falta a ese pueblo memoria, camino y digestión. Y ello provoca decisiones que nosotros no entendemos bien. Se han puesto en el primer pupitre del mundo sin haber estudiado todas las asignaturas y tienen materias pendientes que resuelven con cursillos acelerados. Así les va.
OBREROS en casa. Olor a colonias gruesas cuando entran por la mañana. Luego, ese ensimismamiento entre los materiales hasta mimetizarse con ellos. Uno se llama Ricardo; hacemos migas: cervezas y cafés compartidos. Alrededor, todo patas arriba. Pienso si no será una justa venganza de estos oficios la de dejar que el imperio del polvo corone todas las cosas de la casa (pequeñas joyas olvidadas, molduras de los muebles, alimentos al aire, ropas…). El polvo: esa insignia de la paciencia que tiene el tiempo. W. G. Sebald decía que el polvo se implica en todos los seres como la luz, el aire y el agua. Como la caspa, como la ceniza. Sí, una justa venganza… ¿Ustedes quieren casas con el olor del lujo?; nosotros les diremos de dónde sale todo: de lo inmundo.
LUIS MARIGÓMEZ publica en Icaria Año. Es su primer libro de poemas. Año, con ese título corredizo y transeúnte (tal como los de algunas de sus narraciones: Vísperas, A través…). Concisión y relato se confunden en chispazos de una neutralidad que turba: “el griterío de los tordos / al anochecer/ en las plazas con árboles / manchas oscuras en sus ramas”. Ha tardado mucho el autor en dejarnos versos suyos entre los dedos. Su discreción tiene que ver del todo con un no poder ya más. Como decía Montale, ser poeta no es un mérito; es un peso que se carga con miedo.
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