Slogan de la columna
MANGA ANCHA
Cuaderno sin norma (5)
Tomás Sánchez Santiago | 21·07·2008 | 14:07

NO puedo evitarlo: siempre que en una reunión empieza a sonar un teléfono móvil y su dueño —moi-même, ay— lo saca sin dudar al reconocer de inmediato la melodía, como el pistolero que desenfunda antes que nadie, me viene a la cabeza lo que ocurre con esos perros que en cuanto distinguen el silbido que los llama, corren hacia el amo con brutalidad leal. Me hace gracia esa sumisión al artilugio. ¿Y cuántas conversaciones y confidencias no se habrán estropeado, despedazadas en cuanto suena la sintonía fatal? Ya nadie conversa seguro. Los temas están llenos de aplazamientos (”disculpa un momento”, y salimos afuera) que, como ocurre con los anuncios que revientan una y otra vez la película en la televisión, lo fragmentan todo, incluido lo grave y lo urgente. Se nos deberían dar cursillos sobre algo como Educación para la Tecnología, digo yo.

DESDE que lo dejó su mujer hace algunos años en medio del camino de la vida, apenas se le ve ya. Una sombra que se desliza en gestos menores y que dan cuenta de él: el batir de las persianas de su cuarto a las seis y media cada mañana, el golpe al cerrar la puerta antes de irse al trabajo en un banco, el tendedero lleno de triste ropa masculina que cuelga sobre el patio de vecinos, la llave escarbando levemente la cerradura cuando termina su jornada…; si acaso, una silueta tras el cristal esmerilado como un borrón que viene y va silencioso y sin peso por la casa. A eso se ha reducido su presencia, que a veces espío sobrecogido.

APOSTOLADO ilustrado: en vez de salir a convertir paganos, ahora se va al extremo oriente a captar estudiantes universitarios. ¿Qué quiere decir eso? Tal vez que hemos fundado demasiadas universidades, en el afán por democratizar la enseñanza. Las aulas están vacías de alumnos y los departamentos rebosantes de profesores y, como ocurre en los conventos de monjas, se acude a buscar conversos que mantengan en pie tanta infraestructura. Lo próximo será apadrinar chinitos para que se licencien aquí. O quién sabe si no se saldrá a pedir por las calles con huchas que representen una cabeza de indio o de negrito tocada con el birrete de abogado o el gorro verde de cirujano.

NUNCA me ha importado oler las comidas de los vecinos al entrar en mi propia casa. Lejos de parecerme una importuna colonización, lo suelo considerar como una manera discreta y juguetona de participar en el convite ajeno. “¡Qué aprovechen esas sardinas rebozadas!”, dan ganas de gritar alegremente al atardecer por el hueco del patio.

DOS muchachos, él y ella, en un banco del parque parecen escribir a cuatro manos una postal: “Dile que ojalá sea feliz ahí en el norte”, le oigo decir a ella. “No, le diremos que nunca se ha ido de aquí del todo, Irene”, responde él. Yo continúo el paseo con la necesidad de poner contorno a esas palabras, ya islas de una historia en mi imaginación. El norte, el norte…

¿Y no es lo mejor que puede suceder a un escritor que se le olvide del todo para hacer creer años después que se presenta a la fiesta del mundo por vez primera?

VUELVEN a publicar en Mondadori, ahora en edición de bolsillo, el Diario de Jules Renard, que siempre he considerado una de las más potentes escrituras autobiográficas por lo que tiene de autoinspección descarnada. Aparece como si fuera novedad, no como una segunda mano, tal cual, de aquella primera versión ilustrada de 1998, también de Vidal-Folch y Josep Massot. ¿Y no es lo mejor que puede suceder a un escritor que se le olvide del todo para hacer creer años después que se presenta a la fiesta del mundo por vez primera? El olvido ha conseguido lo que menos se esperaba de él: hacer debutar una y otra vez al artista para que siempre se le paladee recién estrenado. No es mala cosa.

Y un apunte de mi relectura: ahora, cuando vuelvo a leerlo, distingo ciertas modulaciones en mi propia recepción del libro. Esa obsesión por la gloria y por la posteridad que Renard deja ver a menudo, esos mordiscos de letraherido a diestro y siniestro (“Nunca podrá usted hablar tan mal de mí como yo pensaría de usted, si pensase de usted”, espeta de pronto). A lo mejor ahora acepto peor a Renard y, a cambio, estoy más cerca de Juventud. Egolatría, el delicioso salpicón de memorias barojianas como entrecortadas viñetas, con la frescura de la ocurrencia y donde el ruido acre del despecho no se nota tanto; don Pío pasa por ser un oso hosco y fuera de sitio siempre, sí, pero muestra un respeto controlado —todo lo más, teñido de los colores aguados de la indiferencia— hacia aquello que le repugna. Con todo, la escritura de estilete de Renard apenas se ha superado entre nosotros en ese aterrizaje de definiciones impresionistas donde ya se oye cocer de lejos la greguería: “La punta de la rama acompaña un poco al pájaro que se va”; “Cerdo: una patata con orejas“; “Clavar al suelo, de un tiro de escopeta, la cabeza de tu sombra”. ¿No bastan estos ejemplos leídos al azar para salir ya en pos del libro?


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