Como los domicilios y los propios rostros, tienen las calles también su fisonomía, resuelta en un paisaje mobiliario (farolas, fuentes, esculturas…) no siempre afortunado. En realidad, lo que hoy predomina en el viejo ritual de vestir los espacios públicos es un desgraciado juego de réplicas. Se imponen extrañas estructuras metálicas, desatinados pavimentos, infaustos maceteros de magnolios o estatuas duplicadas de otras vistas en París, en Tokio o en Ohio. Parece que con ese ridículo mimetismo se quisiera estar también en estas ciudades sin salir de la propia.
Cosmopolitismo barato; tufo de complejo mal curado. Todo espacio público, sabemos, es la traducción de un carácter; y el factor común del ciudadano de hoy es la angustia ante el espacio vacío, de ahí estas ocupaciones del aire limpio de las plazas por extraños obeliscos o grupos escultóricos que quisieran remediar el horror vacui que acecha al hombre moderno, ya de por sí incómodo en otras variantes de ese vacío como son la soledad y el silencio.
Se imponen extrañas estructuras metálicas, desatinados pavimentos, infaustos maceteros de magnolios o estatuas duplicadas de otras vistas en París, en Tokio o en Ohio
Pero si hubiéramos de salvar uno solo de esos muebles que nos salen al paso en la ciudad, elegiríamos sin duda a los buzones, esas criaturas que permanecen silenciosas y chatas, sin molestar, a la orilla de las calles aguardando palabras imprevistas que a cualquier hora caen en la oscuridad postal de su vientre misterioso, donde duermen frías e irremediables. Nuestro culto a estos modestos personajes secundarios casi bonachones, que apenas si ofenden, que nada predican y nada imponen salvo su achaparrada persistencia, viene ya de muy antiguo y está unido a una obsesión fatídica, que se presentó en forma de sueño, ya un tanto aguado por el pasaje de los años.
Aquel sueño era más o menos así: un hombre echaba una carta temblorosa y arriesgada en un buzón de una calle solitaria. Y, nada más deslizarla por la ranura desdentada, se veía invadido por una sensación parecida al arrepentimiento. Entonces, otra sensación de impotencia hacía mella en él. Allí, en aquella figura abotargada, repleta de palabras que ya nadie podría rescatar, había también palabras suyas —acaso palabras de amor o promesas o súplicas— apenas decididas. Y, sin embargo, nada podría hacer por ellas ya. ¿Nada? Decidió sentarse frente a aquel desmesurado hongo, que, ahora ya lo iba comprendiendo, era lo más parecido a una planta carnívora que se alimentara de palabras. Allí pasó horas aguardando ilusamente a que un funcionario llegase a abrir la portezuela y él pudiese recuperar su carta, de la que ahora se retractaba. Pero nadie apareció en mucho tiempo. Además, ¿quién le garantizaba que el funcionario aceptase darle a él algo que no podía demostrar siquiera que era suyo? Aun así, le parecía descabellado abandonar su puesto de centinela, así que el hombre del sueño dejó pasar hora tras hora por si el enviado venía. La tarde fue decayendo. La oscuridad lo encontró sentado y estremecido por la soledad y el miedo, reacio a abandonar su posición y desprenderse definitivamente de sus palabras, que ahora, conforme las recordaba, le parecían más confusas que nunca. ¿Cómo había podido él escribirlas? Y, sobre todo, ¿cómo había osado lanzarlas para siempre a aquella intestina oscuridad? ¿Acaso estaba totalmente seguro de lo que allí había dicho? ¿Y si el propio buzón tuviese la facultad de alterar los escritos de las cartas?
Fue entonces cuando empezó a escuchar aquello: primero un rumor, un leve carraspeo, pero enseguida una carcajada alzada en el silencio de la nocturnidad. Salía de allí, del propio buzón, que hacía cloquear su boca una y otra vez, como la sonrisa horrible de las calaveras, y reía y reía frente a él mientras de vez en vez una lengua morada salía al exterior a hacerle burla. No aguantó más. Pegó fuego a una pelota de papeles y, venciendo el asco, alzó la visera amarilla y la arrojó al fondo, donde sus palabras estarían junto a otras hirviendo de incertidumbre, quién sabe si de pánico o de desesperación. Al alejarse apresuradamente, oyó trenzadas locamente las palabras que allí dentro había. A la vez, vio cómo salían por la boca del buzón fumarolas de humo que se disipaban en el aire de la noche formando efímeros residuos de frases en una espuma fugaz. Reconoció alguna como suya. O eso le pareció a él.
Fue entonces cuando empezó a escuchar aquello: primero un rumor, un leve carraspeo, pero enseguida una carcajada alzada en el silencio de la nocturnidad. Salía de allí, del propio buzón, que hacía cloquear su boca una y otra vez, como la sonrisa horrible de las calaveras
Hasta aquí la escenificación del sueño, que podría interpretarse como un miedo insalvable a las palabras. Y seguro que es verdad. El terror de lo que se escribe sólo se compadece con el terror de lo que los otros pueden comprender en eso que decimos. Y, sin embargo, somos fieles y entusiastas seguidores de ese teatro de operaciones que es la correspondencia postal, a pesar de la onírica traición de aquel buzón que nos enturbió el sueño una noche ya lejana. Ese proceso, sí, demorado y minucioso que comienza en la soledad de un cuarto desde el que escribimos, prosigue en los menudos ritos del utillaje, no menos corporales (sello y sobre: beso y saliva), para terminar por fin en ese desentendimiento abisal que es arrojar la carta al fondo incierto de nuestros pacientes buzones, siempre fríos y parados como una extraña milicia dispersa por las esquinas de la ciudad.
Sin negarnos a otras soluciones más veloces, de una eficacia silenciosa y aséptica, nosotros preferiremos siempre la hermosa lentitud de escribir la carta y despacharla abriéndole las fauces deshuesadas al buzón, que todo lo acepta sin protestar y que en los días de lluvia parece que nos lame agradecido cuando retiramos la mano, contándonos los dedos por si acaso y confiándole a él que mejore nuestras palabras aún calientes, que ya no son las nuestras y que alguien leerá lejanamente.
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