Slogan de la columna
MANGA ANCHA
Cuaderno sin norma (6)
Tomás Sánchez Santiago | 3·08·2008 | 13:42

ESPERAR demasiado en una sala del hospital —cosa tan común— tiene ese peligro: se empieza resoplando suavemente, como una protesta de aire comprimido; se mascan enseguida los primeros comentarios, aún menores, sobre la paciencia que debe conservarse en una sala de espera; se sigue por hablar mal del equipo de enfermeras, tan inútiles ellas; luego del médico de turno, tan poco resolutivo y que además no aparece (”se habrán ido al café”, se conjetura) y por fin de la dirección del hospital —¿y quién no sabe algún caso ignominioso al respecto?; el colofón es evidente: se acaba por poner en cuestión, en orfeón vocinglero, el sistema sanitario del país, que es por supuesto vergonzoso. De ahí a pedir la cabeza del presidente del Gobierno ya no hay distancia.
Es lo que tiene la impuntualidad: nos aviva la memoria en círculos concéntricos donde se nos aparecen nítidos los peores defectos de quien se retrasa. Chesterton ya advertía sobre la costumbre de escrutar los defectos del impuntual, cada vez más graves a medida que la espera se dilata.

Es lo que tiene la impuntualidad: nos aviva la memoria en círculos concéntricos donde se nos aparecen nítidos los peores defectos de quien se retrasa.

LLEVAN a Karadzic, por fin, al tribunal de La Haya. Qué bucles curiosos hace la Historia. Las fuerzas holandesas de la ONU miraron para otro lado en Srebrenica para dejar asesinar a gusto a ocho mil musulmanes y ahora es allí, a Holanda, adonde vuelve el carnicero genocida, a escuchar la sentencia por aquello que hizo. Si fuese posible, habría que poner en algún episodio del juicio a este animal serbio cara a cara con el responsable holandés de aquel momento, seguramente ahora un honrado funcionario “al servicio de”.

DÍAS en Colombres. Saltan por los aires los horarios y los tristes tornillos de la rutina. En su lugar, la incertidumbre del clima (por eso voy también al norte; para no hacer planes jamás para el día siguiente), la alegría de esa degustación del tiempo, largo como una cinta sin límites, el espionaje a la luz, que se va en un estiramiento terco: del azul al rosa, del rosa al morado. Y dos despertares distintos que hubo en esos días de vacación: la lluvia rebotando en los cristales de las ventanas y esquilas salpiconas de un rebaño de ovejas. En ambos casos, la infancia entró de golpe al amanecer en la habitación. Agua menuda y lana mansa. Protecciones.

NO falla: siempre que me ha tocado soportar un chorro furioso de razones de alguien que se declara decididamente de derechas, la traca final que se expone en sus argumentos no es la economía ni la justicia ni los modales sociales. Es la palabra “autoridad” (la falta de autoridad, claro), que se destila al aire en un tono exigente o añorante. Es entonces cuando algunos asisten al discurso inflamado con cabezazos ratificantes mientras otros seguimos ignorándolo, leyendo, en autista atención, el periódico. Yo soy de éstos últimos, lo confieso.

¿PERO hay gozo mayor? Salgo de mi librería favorita (”Alejandría”) con el cargamento previsto. Entro en un local tranquilo de mediodía —suelo ajedrezado, cierta penumbra quieta, perdida más allá del jolgorio de afuera—, pido un vino blanco, fresco y lento y empiezo a desgranar tranquilamente lo que me he llevado. Más tarde, en casa, ese ritual menudo y utilitario sólo para mí: ver, tocar, oler cada libro, recibirlo como quien acoge a amigos largamente esperados. Y por fin, leer con el paladar encendido. Michaux, Bierce, Schwob.., sí, pero me sumerjo del todo en Desde fuera, el libro reciente de Álvaro Valverde. Una vez más, entro en esa poesía que empapa sin dejarse notar: ¡ah, la cartografía de Álvaro, siempre inquietante por su exactitud, y que termina por escurrirse como un borrón de vapor! ¡Y esas escapatorias hacia el puro nombramiento! Ciudades y jardines y edificios no son aquí sino un territorio moral. O casi. Como lo es ese lenguaje deshidratado en los ritmos de una meditación llena de aceptaciones; y ese estrujamiento emocional de la memoria que él hace como nadie, un juego de distancias, de emplazamientos (dentro / fuera; cerca / lejos) que con cada libro el escritor nos envía como un oleaje que se ratifica y se desmiente sin solución de continuidad. He aquí un ejemplo: “EL hombre, dijo alguien, / es un ser movedizo / y ni siquiera aquellos / arraigados a fondo / al suelo de su predio / han podido evitar / sucesivos viajes: / los que emprende cualquiera / sin moverse del sitio.”. Lección de una estridencia que sólo explota por dentro y no se ve. Como siempre ha hecho Álvaro Valverde en su poesía, tapizada y nerviosa y llena de merodeos en torno a esa palabra enigmática: ubicación.


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