Ahí los tienen ustedes: salen a media mañana sigilosamente a probar el clima con la punta de la lengua, a resguardarse un rato en el dulce olor de las farmacias cercanas, a olvidarse de los estragos de su propio rostro en la penumbra cómplice de las iglesias. Son los ancianos, innumerables sí, de paso cortado y ojos atornillados en el miedo, que sin hablar van, sin embargo, pidiendo perdón a todos porque la edad los ha respetado más de lo previsto, hasta más allá de lo que le hubiese convenido al mundo en todas sus frecuencias: en la más alta y compleja (los costosos planes de política municipal para cuidarlos, las atenciones sanitarias especiales y hasta el pequeño caudal de la pensión mensual que ha de darse a ellos, ya improductivos como animales exangües) pero también en esa otra frecuencia cercana y diaria (los hijos, escindidos entre el cariño y la tiranía de los deberes laborales, la comunidad de vecinos, que ha de hacer obras engorrosas para suprimir escaleras de acceso al portal, los amigos, que antes de desaparecer del todo se van a una lejanía nebulosa y desentendida). Para todos, la longevidad es eso: una edad reprochable y llena de serios inconvenientes que nadie es capaz de apaciguar. Hablemos de ello.
Hubo un tiempo en que el progreso de un pueblo se medía también por lo que se daba en llamar “la esperanza de vida”. Se difundían orgullosos informes estadísticos —limpiamente repartidos entre hombres y mujeres, como los baños públicos y los medalleros deportivos— y datos demográficos que parecían garantizar a todos la llegada a la vejez, a un vejez nacional, y de paso demostraban que, si no podía derrotarse, al menos la muerte iba perdiendo terreno en los países mejor pertrechados económicamente. Eso era la esperanza de vida, concepto ilusorio que pronto se sustituyó por ese otro, “calidad de vida”, que ya no ponía el énfasis en lo lejos que podía llegarse en la carrera de la edad sino en cómo se llegaba, con las cuentas bien hechas con la salud.
Mucho nos tememos que esto ya es otro cantar, un cantar que no se ha cumplido. Las leyes previstas para atender dignamente a los ancianos —la Ley de Dependencia, sí—, la creación de establecimientos públicos suficientes para paliar el frío que se les cuela en el alma a estos seres indefensos, la premura que sería necesaria para formar especialistas del ámbito geriátrico…, todo ello ha entrado a formar parte de ese diabólico engrudo político, ralentizado y fuera de los calendarios de urgencias de nuestros gobernantes. De otra parte, el empujón del mundo con su imparable traqueteo cotidiano, su dinámica estrepitosa, su furia juvenil los mantiene a ellos así, espantadizos y pacientes, fuera de campo y aguardando a que el último zarpazo, el zarpazo mortal, les alcance dormidos; confiando, eso es, en que la carantoña de la muerte sea con ellos más piadosa que la propia vida del tramo final, que ya no los tiene en cuenta apenas.
¿Y se han fijado ustedes? A cualquier hora, camino de ningún sitio, en los lugares más inesperados vemos ejemplos de una apacible alianza que se ha trabado entre viejos e inmigrantes. Van del brazo, trabajosamente, a contrapelo del vértigo urbano y de la inmediatez que los rodea, buscan bancos de respaldo donde terminan por sentarse y allí hablan y hablan (pero ¿de qué hablan, puede saberse, criaturas tan desentendidas?) porque nadie les escucha ya salvo estos ángeles ultramarinos que al menos se manejan en su mismo idioma. “Son preferibles las hispanoamericanas —decía con bárbara suficiencia el otro día una señora— porque son las más cariñosas y educadas, y los llevan a rezar aunque, hija, son luego tan lentas para las cosas de la casa…”.
Son lentas, sí. Como ellos, como los propios viejos. Pero tendríamos que valorar esa lentitud (”Se necesita persona lenta para acompañar a anciano”, deberían decir al respecto los anuncios). Es otra lentitud la que no debemos tolerar. La lentitud administrativa, su goteo mortal que va matando uno a uno, insensiblemente, a quienes traspasaron un umbral vital inadmisible y siguen entre nosotros como excrecencias molestas. Jacques Brel les dedicó una canción memorable titulada a las claras así, Los viejos. “Los viejos no hablan ya o, si acaso, a veces, con el borde de los ojos (…) su mundo es muy pequeño: de la cama a la ventana, luego de la cama al sillón y, al fin, de la cama… a la cama”. Eso dice la canción, que los retrata con justicia y ternura. Ninguna de estas dos palabras encuentra uno en la actitud que hoy se tiene para con ellos. Los jóvenes los arrollan, los hijos protestan de sus limitaciones, el Estado en sus múltiples tentáculos sucursales los desatiende escrupulosamente… Todos queremos que se vayan ya pero ellos siguen, siguen durando, resistentes y silenciosos, sin quejarse excesivamente (tampoco tendrían fuerzas) y en un continuo ejercicio de capitulaciones con el mundo. Dejarse ver “atravesar el presente pidiendo perdón por no estar ya más lejos”, como sigue diciendo la canción de Brel. Dejarse ver con sus andares costosos y sus miradas húmedas. Esa es su manera, digna e inútil, de protestar. O de acusarnos, quién sabe.
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