CRUZAN la calle dos operarios que transportan a duras penas un cristal gigantesco de escaparate. Por un momento, aquello parecía una operación metafísica y que en realidad lo que transportaban era la Nada, que pesaba lo suyo.
PARECE ser que una de las atracciones en un parque temático cercano a Nueva York es la reproducción simulada de situaciones de tortura en Guantánamo. Me lo imagino: capuchas, mangueras de agua helada, bolsas de plástico… entre risas turísticas. Dicen los creativos responsables que en el gesto hay en realidad una carga crítica, precisamente para sensibilizar sobre el asunto a quienes se acercan por allí. Todo lo contrario: el hecho de exponerlo así, en un parque temático, ya es trivializarlo deliberadamente para empezar a verlo como asunto de broma nada más. También hace años se paseó por media Europa una silla eléctrica en un sofisticado recinto de feria; por un módico precio, podía uno subirse a ella y simulaban la ejecución. Cosas del mundo. El mundo: esa suma de parques temáticos donde se trata de divertirse y encontrar sensaciones a costa de lo que sea.
También hace años se paseó por media Europa una silla eléctrica en un sofisticado recinto de feria; por un módico precio, podía uno subirse a ella y simulaban la ejecución
EL escritor Carlos Vitale cuenta en su reciente libro Descortesía del suicida (Candaya, 2008) que vio esta pintada en Río Negro: “No a la pena de muerte, ni a la muerte de pena”. Ahí queda condensada toda una actitud que muchos suscribiríamos sin necesidad de relativizaciones. En ambos asertos pesa por igual ese sentimiento que da en llamarse “humanidad”, palabra abstracta y ambigua por demás.
SIGO las Olimpiadas de Pekín en el televisor pero con el volumen quitado. Es que me gusta centrarme sólo en los gestos de los deportistas, sin las explicaciones enfáticas de los locutores ni la catarata de esas marcas por lo visto insuperables, que más pronto o más tarde acabarán, como ellos dicen, “pulverizadas”. De entre toda la galería de gesticulaciones, me hace mucha gracia ese rito de taparse la boca los deportistas para que nadie adivine lo que se dicen; también los políticos lo hacen habitualmente en sus conversaciones de escaño o cuando hablan por teléfono; y no digamos los personajes de la madeja rosa… Pero sólo consiguen que nos fijemos más en ellos, como ocurre con esos individuos que torpemente se protegen la boca con una mano mientras se escarban con el mondadientes. No, ya nada puede escapar al Big Brother.
LA soledad de las piezas de Coomonte. Siempre me ha parecido que este escultor deja una última lección de desolación en esas formas aovadas y espinosas que no parecen pertenecer del todo al mundo de lo gregario. Son como seres híbridos y sin consolidar, como esos animales residuales de Oceanía apartados de los cauces de toda normativa vital. Y cuando aparecen casi avergonzadas —como estos días en esa exposición del recién inaugurado Centro de Interpretación Medieval de mi pequeña ciudad de Zamora— rodando por patios traseros o cerca del reino del grafiti, la esquina meada y el escombro, aún dejan más sobrecogimiento en quien las ve entre la prevención y el deseo de intimar con ellas. Eso logra el gran Coomonte: que del bronce salga una súplica…
UNA conversación económica y domiciliaria: ¿Estás?”, pregunta él. “Estoy estando”, responde ella. No es baladí el diálogo, un ping-pong de una sola palabra. Maravilloso e intraducible.
DEVORO La soledad de las vocales, la extraordinaria novela de José Mª Pérez Álvarez, el autor de Nembrod. Cruzo agarrado a sus páginas las fechas más espesas de este mes de agosto y no puedo evitar recordar a Onetti en este discurso recurrente, enroscado sobre sí mismo y donde el idioma de los perdedores se unge de una densidad que va atornillando el corazón del lector con algo parecido a una lenta tormenta de pena que crece y crece por dentro como un flujo imparable. Y, sin embargo, imposible soltarla…
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