El nombre de uno mismo, parece ser, es lo único imperturbable que poseemos. Todo lo demás no lo es: podemos perderlo o abandonarlo. Podemos cambiar de casa, de país, de religión, de nacionalidad, de afiliación política, de pareja; podemos adoptar hijos, removernos el cuerpo, modularlo, raparnos el pelo o teñirlo mil veces, afeitarnos la barba o planificar el rostro con ella, transformar mediante alquimia quirúrgica órganos desajustados; incluso podemos cambiar de sexo. A todo podemos renunciar pero no al nombre, que en todo caso podemos deshuesar ridículamente hasta esos hipocorísticos aflautados (Tito, Chimo, Mina, Piti…), nociones residuales que huyen —y siempre inútilmente— del agobio del nombre del que parten.
¿Y qué se esconde tras la decisión del nombre propio? Nunca acabaremos de saberlo: el capricho de una madre, el asalto oportuno de un puñado de sílabas que entraría con buen pie en la memoria progenitora, la necesidad de sujetar entre letras otro rostro que ya no está, la protección de un santo o de un héroe… Qué podemos saber… Saramago cobijaba una de sus novelas bajo esta cita tremenda: “Nadie sabe el nombre que tiene; sólo sabemos el nombre que nos han puesto”.
Saramago cobijaba una de sus novelas bajo esta cita tremenda: “Nadie sabe el nombre que tiene; sólo sabemos el nombre que nos han puesto”
Ante esta indefensión, siempre hemos pensado que los apodos pretenden instaurar una especie de justicia nominal que repararía ese no saber qué tenemos que ver con el nombre. Es fácil suponer que en un principio no fuera así, cuando en los nombres aún se percibían claves de significación mitológica (Hermógenes, Saturnino, Marciano, Narciso) o, más allá, cualidades de carácter, por cierto de valor inversamente proporcional a su fortuna sonora (Eulogio, Desiderio, Benigno, Eufemia, Pantaleón…). Quizás por eso, por haber perdido los nombres su sentido y ser ya tan sólo sonido calcificado, aparecen los apodos como una rebelión contra el nombre propio —que ni siquiera es nuestro, pues no lo elegimos—, impuesto accidentalmente para siempre como un estigma verbal. Para contrarrestar esa necesaria sumisión a la identidad sirven los apodos.
En otras culturas la cosa funciona de otra manera y el apodo es un rasgo de individuo, exclusivo e intransferible, que se sobrepone al apellido (en el mundo del boxeo se colgaban sobrenombres rotundos o irónicos: Ray Sugar Robinson, José Mantequilla Nápoles, Toni Martillo Ortiz, Rubén Mano de Piedra…); entre nosotros, en cambio, el apodo aún subsiste en los pueblos y en los barrios, reductos donde no se consiente el anonimato, como una calificación casi tribal, a la manera del apellido; suele afectar, por tanto, al clan y no al individuo. Su última razón puede ser la de no dejar desaparecer de la memoria colectiva un hito familiar, un rasgo distintivo, un baldón, incluso, que habrán de arrastrar fatídicamente, tal como una maldición bíblica, los descendientes de nuevas generaciones en una especie de emblema a la altura de aquellos testimonios heráldicos que recordaban ad saecula saeculorum en el escudo familiar una batalla en la que intervino un laureado antepasado. Así también, el alcance del apodo es indeterminado, como un gas expansivo se propaga desobediente por todo un territorio y a menudo tarda en desaparecer varias generaciones. Por eso, cuando tiene una proyección peyorativa, el apodo cumple una función represora de escarmiento, una admonición indirecta al resto de la sociedad: cuidado con los desafueros que no responden a la norma social —parecen advertir—, que acaban pagándose con la lacra que habrán de soportar hijos y nietos indefinidamente. El apodo.
Aún así, a pesar de estas gabelas, habría que reivindicar el apodo como secretación importante y verdadera de la identidad, más allá del nombre y del apellido, cuya última significación ha quedado ya demasiado oscurecida a través del tiempo. No hace mucho escuchábamos al poeta Juan Carlos Mestre hablar ante sus paisanos de Villafranca del Bierzo: “Yo vengo de los Migueluchos…”, decía en el arranque de una intervención emocionante y sincera, que lograba imponer el vecino al personaje mediante el reconocimiento público del apodo.
Reivindiquemos, por eso, la grandeza del apodo, cuya última razón jamás es ofensiva. Frente a sociedades como la francesa o la sajona, en las que increíblemente todavía la mujer ha de dejar evaporar su rastro natal y adoptar el apellido del marido —esa forma larvada de sumisión—, el sentido del apodo vuelve a apelar al clan, a la tribu, al revuelo familiar del linaje, del genus. Ahora que la dispersión y el desconocimiento son factor común en la nueva disposición del organigrama familiar, el apodo jugaría de manera desenfadada y llena de justeza popular esa función identificadora necesaria para convocar un respaldo natal común y apoyarse en él a fin de reconocer a los de nuestra sangre. Algo parecido, sí, a la función del ADN pero mucho más sugestivo, como una borrosa insignia verbal que aún nos puede hablar de nuestro origen.
Al menos eso piensa este descendiente de “Los secos”.
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