*En California no tiran su basura a la papelera, la convierten en programas de televisión.
(Woody Allen)

 

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Cuaderno sin norma (8)

Tomás Sánchez Santiago | 1·09·2008 | 13:02 |
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LA fotografía ha salido así, nítida y sin remilgos, como una acusación: es una anciana de Georgia que huye urgida por la necesidad. En su mano derecha se adivina la cabecera sobada de un bastón; la izquierda sostiene casi flotando dos trozos de pan que ella parece llevar —¿adónde?— como una ofrenda. Eso es lo único que tiene para afirmarse ahora en la vida: un bastón y el pan. Sobre el cuerpo giboso, su mirada parece implorar algo. O tal vez simplemente revele una disposición a terminar deprisa la vida, de cualquier modo. Los titulares del periódico son concluyentes y parecen justificar ese semblante: “La guerra acaba en limpieza étnica. Los civiles georgianos se ven obligados a abandonar Osetia del Sur”. Mujer desconocida: cómo querría que te dieran cobijo suficiente las líneas de este cuaderno, donde esta mañana quiero meterte como para salvarte de las últimas heridas.

ME lo acaba de avisar un buen amigo: la primera gota del otoño ya manchó el parque. Hojas que empiezan a desangrarse dulcemente, ramas que parecen deponer su estatura orgullosa, inapreciables lágrimas amarillas entre la fronda. ¡Hay que empezar a fijarse ya! Y al igual que otros saben hablar del flujo del dinero o de los encarecimientos, una pequeña secta de hombres y mujeres empezamos a seguir secretamente, paso a paso, la lenta sinfonía del otoño, que empieza a hacerse sitio con indicios que vamos consignando los que no pertenecemos del todo al vértigo público del mundo.

Y al igual que otros saben hablar del flujo del dinero o de los encarecimientos, una pequeña secta de hombres y mujeres empezamos a seguir secretamente, paso a paso, la lenta sinfonía del otoño

HA vuelto a suceder una vez más, ahora con el terrible accidente de aviación de Barajas. Micrófonos agitados como hisopos en pos de testigos, preguntas embrutecidas por la falta de discreción profesional, carreras para captar con planos suculentos todos los modos de la desesperación. Qué asco. Qué vileza ésta de esperar cuanto sea preciso hasta sorprender con la guardia baja a quienes invade todavía, inconcreto y salvaje, el aturdimiento. De eso deberían responder los responsables de la comunicación: de convertir el dolor en espectáculo para ofrecerlo como si fuese un show. Pasen y vean…

APARATOS al pie de los contenedores públicos de basura: ordenadores y televisiones ya achuchados, ventiladores de ala torcida como pájaros rotos… Criaturas de la técnica que aparecen frecuentemente ahí, desechados del mundo de la utilidad. Aún hace nada eran radiantes adquisiciones y ya están en el paisaje diario de lo residual como cadáveres silenciosos, como extraños vigilantes nocturnos. El pasaje de los objetos domésticos por nuestras manos es cada vez más breve, más inseguro. También se nos educa para eso: para aventar todos los modos posibles de la estabilidad cuanto antes y creer que en esos juegos de cambios están las claves de la felicidad. Pero qué va. Palo y zanahoria. Eso es todo.

UNA buena amiga mía me lo dijo una vez y no se me ha olvidado: “Nadie sabe para quién trabaja”. Yo creo en eso. Lo pienso más ahora, a punto de que septiembre nos envuelva en su pegajosa cobertura laboral. Como si todos comenzáramos de nuevo una función teatral de gestos y palabras cuyo último alcance desconocemos, la aseveración cobra ahora más fuerza y verdad. Nadie sabe para quién trabaja. Y yo tampoco.

LEO a Pascal Quignard, el novelista francés. Lo descubrí tras saber de él por Amelia Gamoneda en Merodeos, un pequeño volumen de ensayos sobre narrativa francesa. Y allí estaba Quignard. Su fronteriza pertenencia a dos lenguas maternas, sus episodios adolescentes de autismo justifican no sólo el eje de algunas obsesiones suyas (la muda de la voz masculina en La lección de música o la pérdida del rostro y la búsqueda del apartamiento en Terraza en Roma) sino que parecen propiciar ese estilo enunciativo y aparentemente neutro y cortante, a la manera de Borges, pero donde se trenza el relato con afilada eficacia, una eficacia que no excluye el fomento de una rara emoción lectora.

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