La alimentación de los españoles ha debido de cambiar mucho desde mediados de los ochenta. Los zumos de Naranjito y la compañía del perro Cobi-cubista debió hacer muy feliz la infancia de los niños nacidos después de esos años. Los que fuimos alumbrados a final de los sesenta, esos torturados por Heidi y Torrebruno, siempre teníamos ídolos de nombre extranjero. Véase Björn Borg, Eddie Merckx, Larry Bird, Nicki Lauda, Dooham, Cruyff, Mark Spitz… Nombres casi impronunciables para un niño nacido en el gris desarrollismo tardo-franquista.
Parece aquél chiste de Gila en el que decía: mira los jóvenes de ahora qué guapos, qué altos, qué delgados; y mira los de mi tiempo: todos calvos, gordos y horrorosos. Lo cierto es que en las últimas décadas hemos conseguido generar una lista de ídolos deportivos de casa, con los que no podíamos ni soñar en mi infancia.
De todos, el que más me impresiona es Rafa Nadal. Un muchacho de veintidós recién smachados, con ese físico, con ese temple y con esa fe en la victoria que hace temblar al mejor tenista de todos los tiempos Roger Federer. Y qué cabeza elegante tiene el muchacho. Después de ganar su cuarto Roland Garros, sus primeras palabras son para la admiración que le inspira su rival: su saber perder y su saber ganar. Es un espejo en qué mirarse, esta relación entre ambos. Algún día todas las rivalidades serán así, como decía un slogan publicitario de mi infancia.
Quién nos lo iba a decir a los que sólo pudimos admirar a Mazinger Z y Mariano Haro. Los ídolos son figuras necesarias. Tan odiosas como necesarias. El deporte que tanto les repugna a algunos, por su patrioterismo barato y por su vertiente balsámica de algunas conciencias, supone para otros, entre los que me cuento, la última épica posible
Pero no es el único. Qué decir de Pau Gasol, jugador de la NBA con posibilidades de ganar el anillo. Impensable en mis tiempos de Cola-cao y Nocilla. O Edurne Pasabán a la caza de los 14 ochomiles (lleva 10); o Pedrosa luchando por el campeonato del Mundo de GP. O Fernando Alonso dos veces campeón del mundo de F1. O Alberto Contador ganador de Tour y Giro. O las nadadoras Erika Villaécija y Gemma Mengual, esperanzas medallísticas para Pekín. Quién nos lo iba a decir a los que sólo pudimos admirar a Mazinger Z y Mariano Haro.
Los ídolos son figuras necesarias. Tan odiosas como necesarias. El deporte que tanto les repugna a algunos, por su patrioterismo barato y por su vertiente balsámica de algunas conciencias, supone para otros, entre los que me cuento, la última épica posible.
Pero los ídolos no son sólo deportivos. Los hay que escriben, que actúan, que dirigen cine, hasta que cocinan como Ferrán Adriá. Nada como la suave lírica de José Tomás. El torero que pasa la montera ante las narices del Rey y le dedica el toro al pueblo, el que vibra sin moverse, el que no deja que le televisen, el que reaparece en Barcelona para plantar cara a los que quieren cargarse la lidia, al que le apodera un músico de rock, el que no reza antes de salir… Ahora se abre la puerta grande y se cierran las bocas grandes. Que si se deja coger sin motivo, que si demasiada cohorte de adeptos… Al que no aguanto es a Sabina. Lo digo desde el respeto a los ídolos ajenos. Los hay con pies de barro y a los que les huelen los pies.
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