Quizá sea tiempo de pensarse, de buscar un silencio entre los claxons, las bocinas y las derivas etílicas. Por fin podemos decir que somos los mejores. Ha tardado, pero la demora era lógica. Había que esperar para que fuera así: indiscutible, sin ambages, dando una lección de clase y estilo, revaluando el arte de hacer fútbol. Así, sí. Justicia poética.
La cuestión de la identidad es una monserga que en este país nos ha hecho perder demasiado tiempo. Las identidades regionales extremadas, no lo olvidemos, son sólo el reflejo perverso del ultra-nacionalismo español. Nunca hemos sido capaces de vernos, respetarnos y aunarnos con nuestras diferencias. Eso nos costó una guerra bien jodida. Ahora nos hace perder mucho tiempo en ambas direcciones: la localista y la hispánica.
Si pudiéramos ver el bosque entre los símbolos, ser patria sin patrioterismo, habríamos dado un paso de gigante. Así, como un gigante, como un coloso jalándose los Pirineos nos habían pintado en el cuadro de Goya. Pero el ídolo tenía una vez más pies de barro. Ahora, en medio de la exaltación patria, descubrimos que estaba borroso, que el trazo era dubitativo, deficiente. Que no, que no era auténtico. Veámonos, por una vez, a escala humana. Ni enanos ni gigantes, ni apretujados ni dispersos. Ni Aguirre o la cólera de Dios, ni ¡Viva mi boina! Seamos tamaño natural.
El naturalista y comunicador Luis Miguel Domínguez ha vivido en carne propia el desprecio por el otro, el racismo radical de la América profunda. En un viaje a Arkansas, donde estudia su hijo, el bueno Luismi tuvo un altercado con un vecino desequilibrado de aquél. Ante la actitud agresiva del individuo cometió el error de llamar a la policía. Los agentes llegaron a casa de los españoles encañonando al naturalista y a sus padres septuagenarios, mientras la registraban. Acabaron poniéndole las esposas y llevándole al calabozo al encontrar en la cocina de su casa una estrella de sheriff que había comprado como souvenir. Después de vejaciones de todo tipo, miedo y veintiséis horas de incomunicación en una celda, con una docena de presos de diferentes raleas, Domínguez ha sido puesto en libertad con cargos. El de suplantación de la autoridad le puede suponer hasta seis años de cárcel, en un juicio con un jurado popular de lecheros, amas de casa y gasolineros de Arkansas ¡Qué miedo! Kafka en el medio oeste.
Quizás no haya más patria que la imaginación y el cine sea nuestro terruño. En él aprendimos, querido Luis Miguel Domínguez, algunas cosas básicas
Ser español, hispano, para la democracia más avanzada del mundo, puede ser una gran faena. La falta de garantías policiales y jurídicas para un no norteamericano en este país es tercermundista. Da miedo. No es la primera vez, ni será la última. Nos solemos enterar de estas cosas cuando el afectado es alguien: recuérdese el caso de Canales, el bailarín; el de Andrés Pajares Jr., al que confundieron con el asesino de Versace; el caso de Ramón Calderón, presidente del Real Madrid, cuyos apellidos bailaron en una tarjeta de embarque y pasó a llamarse como un famoso narco mexicano… Hay que imaginarse la que te cae si eres un ciudadano de a pie y no tienes manteca.
Desde esta perspectiva se entiende que algunos no quieran ni pisar en este territorio, por tantas otras cosas, maravilloso. Qué se puede esperar de un país, solía decir Lars Von Trier, en el que han decidido llamar a sus montañas más emblemáticas Rocosas. ¿No son todas las montañas del mundo rocosas?, se preguntaba el cineasta danés. Extremo resulta el caso de Joseph Beuys, uno de los artistas contemporáneos más insignes. El alemán, es autor de algunas de las instalaciones y performances más interesantes de nuestra contemporaneidad. En cierta ocasión fue invitado realizar una de sus acciones, encerrado con un coyote hambriento en USA. Amigo de los símbolos, pidió que se le esperase en el aeropuerto con una ambulancia, para entrando tumbado en una camilla, poder seguir diciendo que no había puesto los pies en los Estados Unidos.
Quizás no haya más patria que la imaginación y el cine sea nuestro terruño. En él aprendimos, querido Luis Miguel Domínguez, algunas cosas básicas. En la crepuscular Atlantic City protagonizada por un ancianísmo Burt Lancaster, una viuda de timador de casinos le espeta: mi marido me dejó dicho que pasase lo que pasase nunca llamara a la policía.
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