Todo parecía estar igual que cada año. La casa, el paisaje, los seres humanos que lo habitan, los animales de compañía. Repasé las estrellas y estaban todas. Conté la arena y no faltaba ni un grano. Las hierbas y los árboles eran los mismos. Las hojas de la parra: bien. Compré queso de tetilla, miel, pan de brona y orujo para empezar.
Ya podíamos abrir la casa para todo el mes. Una pequeña república portátil a la que acuden, como al campamento de un circo varado, artistas de aquí y de allá. Van y vienen desde los más insospechados lugares como animales silvestres a los desperdicios, como hormigas al azúcar del postre.
Limpiamos un poco y abrimos la leñera que es como un escenario contra el mar. Los instrumentos, libros, sillas y mesas, bombillas, sombreros de paja, la radio, algunos discos, cuadernos, tabacos, carpetas… fueron poblando el galpón. La lareira esperaba su primera remesa de sardinas o carnasada.
Bajamos al bar de la aldea, donde los lugareños nos miran con la extrañeza cariñosa de siempre. Como cada año después de una docena de años. Cumplidos los saludos humanos fuimos a ofrecer presentes al dios del lugar.
El mar estaba como siempre más azul que nunca. Salpicado de barquitas, algo frío al principio. Nos dimos a él. Susurraba algo que no pudimos entender bien, pero sentimos que se alegraba, como nosotros, del reencuentro tanto tiempo sostenido. Al volver a casa vimos algo que distorsionaba el lugar. Era como una interferencia televisiva.
Al volver a casa vimos algo que distorsionaba el lugar. Era como una interferencia televisiva. Era la televisión. Sorteamos el asunto
Era la televisión. Cables larguísimos, antenas muy parabólicas, algún micrófono, conatos de entrevista… Sorteamos el asunto. No nos gusta ver la televisión durante este tiempo de solaz y balneario. Y menos aun ver la televisión en directo, dijo alguno de los del grupo ¿Qué harán aquí?, se preguntaba otra. Ni caso, a lo nuestro. Nadie se atrevió a preguntar a la vez que nos moríamos de curiosidad.
En la tienda nos enteramos después que alguien se había ahogado en la playa a la que solíamos pertenecer. En la playa de Boca do rio había aparecido, a la hora en que nosotros nos bañábamos, el cadáver de una muchacha de mediana edad. Treinta y tantos, comentaban las señoras. Y no debía ser de la zona porque veinticuatro horas después nadie había reclamado el cadáver. Supongo que los cadáveres sólo se reclaman cuando sabes que lo son. Aquella mujer no era un cadáver la mañana anterior.
Así nos recibía el mar. Con el cuerpo flotando de una desconocida a nuestro lado. Con la televisión aún sin cocer (sin pasar por el horno de la pantalla) a nuestro alrededor. Mal asunto. Hicimos un baile para exorcizar los malos espíritus. Sin darnos cuenta, cantamos: Como espuma, que inerte lleva el caudaloso río…
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