Se cuenta que el magnífico saxofonista de jazz Jimy Giufree perdió la voz, dejó de hablar, el mismo día en que hubo que dejar de tocar su instrumento por una enfermedad.
Las personas enmudecen, el planeta se queda mudo. Como hace unos días cuando alguien llegó a nuestra casita del verano jadeando y dijo: ha empezado la tercera guerra mundial. Sí, ya sé que parece una exageración. Pero todos nos quedamos en silencio, la imaginación se disparó. De repente el último verano. Y quien portaba la noticia quedó exhausto y mudo, como el atleta de Maratón. El primer noticiero.
Putin, hijo de Putin, hermano de Putin… ¡Qué miedo! Rusia nunca ha perdido una guerra, oigo a un comentarista, no sabemos cómo puede reaccionar. Y la consabida desestabilización de la región. Mejor no decir nada.
Para silencios, la desaparición del afamado crítico gastronómico Pascal Henry, el pasado doce de junio. El hombre se había puesto hasta las patas de emulsiones, esféricos, muelles y evaporaciones varias en el Bulli de Ferrán Adriá. Cuando, so pretexto, de ir a buscar una tarjeta de visita a su coche, desapareció sin dejar rastro. Claro que dejó una nota: de doscientos cincuenta euros. La policía, que no es tonta, le descubrió tres semanas después en Ginebra tan pichi. Mutis por el foro. Los más jóvenes de la casa afirman que ése lo que ha hecho es un simpa* a lo grande.
Pero silencios hay muchos. Está el que produce el asombro, la resignación, el mirar para otro lado… Está el silencio cómplice, quien sabe guardar un secreto. Hay silencios como losas, ontológicos, patologías, achiques, zorrerías… Pero el silencio también es música.
Hace unos días —seis y nueve de agosto— se conmemoraban las aciagas jornadas en que se arrojaron las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Los supervivientes hablan del momento posterior a la deflagración como el de un silencio caluroso y espeso…
El mundo parece, a veces, el rodaje de una película sin director. Silencio, se rueda. Rodeados de un ruido blanco de final de emisión en la pantalla; esa nieve que me recuerda a los saltos de aguas bravas, a las cascadas. Nunca se detiene, parece un sueño en que zumbaran millones de insectos. Y de repente una sala de espera blanca y un cartel sin nada escrito. Más silencio imposible: una mujer fotografiada, una especie de enfermera, que se lleva el índice a los labios y parece decir Schssssss.
Hemos dejado un gran silencio en nuestro contestador. Un vacío de nosotros que sólo rompe el pitido que da paso a las palabras ajenas…
Pí, pí, pí, pí… Silencioso es el que escucha.
* Simpa: [ Hacer un…] Dícese de la acción de abrirse sin pagar de locales públicos de hostelería, intentando no llamar la atención.
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