No sé si recuerdan lo que duraba un verano cuando éramos niños (no sé siquiera si me leen niños, ya me gustaría). En aquél entonces el tiempo se dilataba como una vejiga caliente. Todo era tórrido, lento y con moscas más pesadas que una vaca en brazos. Un día era más largo que una semana sin pan y los mayores nos parecían más viejos que la orilla del río. Eran tan maravillosamente largos, aquellos veranos de entonces, que llegaba a apetecer, al final, volver al invierno, al colegio (esto último lo escribo sin convicción alguna).
Recuerdo ahora a los atletas negros de México 68, con la mano alzada en un guante de cuero sobre el podium, haciendo un homenaje a los panteras negras
No sé si se acuerdan, acaso, de la Olimpiada de Pekín. Pistas ovales, aros olímpicos, ojos rasgados, medallas de oro, incienso y mirra. Nido de pájaro y cubo de agua. La Gran Muralla dejándose traspasar por los ciclistas. Lástima que terminó, ahora que todo huele a fin de verano. No sé por qué me produce nostalgia y tristeza ver la alegría de los laureados atletas con sus preseas al cuello. Nadie, nada, ni una palabra. “Una cosa es el deporte y otra la política” (cuando interesa). Recuerdo ahora a los atletas negros de México 68, con la mano alzada en un guante de cuero sobre el podium, haciendo un homenaje a los panteras negras.
A veces, parece mentira que siga apeteciendo empezar de nuevo ese circuito que llamamos año, ese anillo que brilla y se oscurece. Volver, como en el tango. Que apetezca comer legumbres y ponerse bufandas. Las tardes que son de noche. Salir del cine bajo cero. Estar en los bares llenos de humo. Pasar una tarde entera en la cama, haciendo el amor y fumando cigarrillos en la oscuridad. Despertarse junto a alguien y temer el frío, el día y todo lo de afuera. Seguir arriesgándonos a que nuestras parejas (ellas o ellos) se levanten un día pensando: “Y cuando desperté, el dinosaurio aún seguía allí”.
Casi todo es crepúsculo a nuestro alrededor. Un pájaro se derrite y cae, como Ícaro, por haberse querido acercar demasiado al sol (de las islas). Una siembra de cuerpos calcinados, de vidas rotas, en un instante. Y después, la parrilla abrasadora de la TV, que tuesta a sus espectadores de manera incesante. Nuestro cerebro es una hamburguesa requemada. Parece mentira que nos siga apeteciendo apretar el botón ON.
Apetece el último baño de sal, la última botella de vino blanco, la última canción cerca del fuego…. Hay luces que titilan en la bahía y parecen lágrimas de despedida. Los animales vuelven al bosque, nosotros salimos de la fotografía de colores, camino del blanco y negro de nuestras verdaderas vidas. Se acabó el recreo.
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