Música. En uno de sus múltiples viajes por el mundo, un maestro ruso le explicó a Ignacio García Vidal (Concentaina, Alicante, 1979) la diferencia entre dirigir una orquesta batuta en mano, marcando con severidad los tempos y desprendiendo incluso cierta agresividad, y hacerlo dejando que las manos, dibujando suaves movimientos en el aire como si acariciaran el sonido, se encarguen de transmitir a los músicos todo lo que quien está frente al atril necesita de cada uno de ellos.
La próxima semana, la Joven Orquesta Sinfónica Ciudad de Salamanca sacará su último cedé y estrenará en el Centro de las Artes Escénicas y de la Música un poema sinfónico del charro Víctor Reyes
Por eso, este talento, que aún no ha cumplido 30 años, se coloca frente a los integrantes de la Joven Orquesta Sinfónica Ciudad de Salamanca (JOSCS) para fundirse con ellos, ser uno más —”Aquí soy Ignacio, nadie me llama maestro o me trata de usted”—, y seguir contribuyendo a un proyecto al que García Vidal se sumó en 2001. Su DNI indicaba que tenía 21 años, su talento hablaba otro idioma y pronto resolvió con naturalidad, maestría y una necesaria dosis de incertidumbre la tarea de liderar a un grupo de chavales de entre 13 y 25 años que hoy ronda el centenar de integrantes.
“En ocasiones me fijo en un chico de 14 años, otro de 16, otro que coge el violín como puede, una a la que no le llegan los pies al suelo y pienso, ¿cómo es posible que suenen tan bien? Uno a uno es un milagro; todos en conjunto, el resultado de un gran esfuerzo”, reflexiona con el brillo en los ojos de quien habla de un amor apasionado.
:: Orígenes
Los orígenes de esa ‘novia’ se remontan al año 1997, cuando en el seno del centro de enseñanzas musicales ‘Antonio Machado’, se constituyó la Joven Orquesta Sinfónica cuya peculiaridad radicaba en que sus plazas de músicos titulares siempre las ocupaban jóvenes estudiantes. Esa filosofía de renovación continua se transformó en el año 2001 en la Joven Orquesta Ciudad de Salamanca, que dos años más tarde rubricaría un acuerdo con el Ayuntamiento para integrar en la programación de la Fundación Municipal de Cultura su temporada estable. Desde entonces, cinco conciertos sinfónicos y diversas interpretaciones de música de cámara recuerdan cada año que la ciudad del Tormes es una de las pocas que puede presumir de contar con un colectivo de estas características, únicamente equiparable en la Comunidad Autónoma a la Orquesta Sinfónica de Castilla y León.
El alma mater del proyecto se llama Víctor Moro. Como gerente de la JOSCS ha logrado hacer realidad su sueño de niño porque de pequeño siempre quiso tocar en una orquesta y en Salamanca no había. Cree Moro que la Joven Orquesta es “una escuela de vida” en la que los chavales aprenden muchos más valores al margen de los estrictamente musicales. “Ignacio les atrae. No sólo es el director artístico; les da consejos vitales”, explica el gerente y el director, quien matiza que su función es “crear un sentimiento de pertenencia al grupo”. “La JOSCS también ayuda a los chavales a ser conscientes de las dificultades de las cosas; ellos mismos están diseñando el programa de su décimo aniversario”, aclara Ignacio García Vidal quien, frente a la JOSCS es “aparte de director, otras muchas cosas”.
:: Capacidad de improvisar
Cinco profesores ayudan a Moro y García Vidal en su tarea, además de aportar su grano de arena en una experiencia “vitalista” ante la que siempre estás “jugándotela”, precisa para explicar que la JOSCS nunca suena igual. “Tienen una capacidad de improvisación enorme y los tempos son diferentes cada día porque cada día sienten cosas distintas”.
La Joven Orquesta Sinfónica Ciudad de Salamanca se estructura en tres grupos que corresponden a los diferentes niveles de edad. Prácticamente, la mitad de los chavales, “los que sustentan la orquesta y le dan sonoridad”, tienen entre 17 y 23 años. Hacer sonar al grupo es un reto “siempre difícil” porque nunca es la misma gente la que toca puesto que, a medida que se hacen mayores, los integrantes de la formación van abandonándola para dar paso a nuevos chicos y chicas a los que se le abre un mundo lleno de posibilidades.
Hablando con los jóvenes músicos parece que los objetivos transversales de formar parte de una orquesta de esta magnitud van cumpliéndose. Todos declaran su fidelidad a la música pro también al compañerismo, los viajes, los nervios que viven juntos y el placer de sentirse útiles hasta el punto de no importar el sacrificio de destinar cuatro horas cada sábado del año para engrasar el engranaje de una máquina que ante un auditorio a rebosar —hace tiempo que las 1.340 butacas del Centro de las Artes Escénicas y de la Música se llenan periódicamente para verles en acción— no puede permitirse ni un solo fallo.
Ellos han conseguido hacer realidad la aspiración de la orquesta desde su nacimiento. “Nuestra idea era que la orquesta tocara una temporada de seis o siete conciertos con un repertorio de primera división y eso es lo que hacemos ahora”, precisa su director. Ignacio García Vidal no se olvida de destacar que la JOSCS está formada por salmantinos, “que tocan música de autores de la tierra como Gombau o Bretón, cuyas partituras hemos recuperado y que, como la Plaza Mayor o la Catedral, forman parte del patrimonio cultural de la ciudad”.
Alberto lleva dos años en la orquesta. Tiene 15 años y toca la trompa. Explica, sin dudar, que en el tiempo que lleva interpretando junto a sus compañeros ha aprendido, sobre todo, “a escuchar y a tocar en conjunto”. Sus compañeras Vega —tiene 16 años y toca el violín— e Irene —de 17 años, que toca la viola— llegaron a la orquesta porque querían “sentirse parte de algo”. Ambas llevan desde los 13 años sentándose cada sábado frente al director y pasando la prueba del público cuando toca. De las orejas de Irene penden, incluso, una negra y una semicorchea. “Para que todo el mundo sepa que soy música”, dice.
Y eso es precisamente lo que es la Joven Orquesta Sinfónica Ciudad de Salamanca. Música en estado puro, gracias a la pasión y la juventud que sus integrantes ponen ante una labor que, en palabras de su director, “necesita un trabajo diario” y una enorme dosis de dedicación al margen de los ensayos. Quizá por eso en estos años también ha habido momentos de flaqueza. “Nos hemos planteado dejarlo porque convencer a una ciudad de que tiene una orquesta sinfónica no es fácil”, explica García Vidal. Las reticencias iniciales de los salmantinos a disfrutar de una orquesta, quizás no valorada en su justa medida, hicieron que el proyecto se replanteara pero la voluntad del grupo ayudó a superar las dudas y disipar los miedos. El proyecto sigue ahora adelante con la intención de consolidarse para siempre y, quizá con el tiempo, hacer evolucionar esta formación de jóvenes músicos hacia la creación de la orquesta sinfónica de la ciudad de Salamanca.
Mientras, poco a poco, se van alcanzando los objetivos, los jóvenes integrantes de uno de los proyectos culturales más admirados de Salamanca seguirán sonriendo cada vez que termina un concierto y la gente los espera a la salida para decirles que se sienten orgullosos de ellos; seguirán disfrutando de representar a su ciudad por todo el mundo haciendo sonar a músicos salmantinos y su director, al tiempo, continuará enriqueciendo una vida que hace años le reveló que la música tan solo es el medio para conocer a muchísimas personas y sus experiencias vitales, a veces incluso tan valiosas como encontrar la armonía perfecta en el momento que levanta las manos y 97 chavales cogen aire al mismo tiempo sin querer despertar del sueño.
La próxima semana, la Joven Orquesta Sinfónica Ciudad de Salamanca sacará su último cedé y estrenará en el Centro de las Artes Escénicas y de la Música un poema sinfónico del charro Víctor Reyes. Su historia conjuga pasión, amor y mucha juventud.
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