Separar la vida privada de la pública, no mezclarlas, es cosa de gran agrado para los que en nada creen excepto en las apariencias. El canon cultural dominante, progresista progresado, defiende la separación radical de ambos mundos, el privado y el público y para tal separación dispone de variada carga argumental que es tedioso repasar. Pues bien, pueden vestir el axioma como les venga en gana, acudiendo a Aristóteles, a Montaigne… pueden utilizar el oráculo que crean más apropiado, utilizar la ficción, acudir a parábolas, ingeniar oportunas alegorías, pueden hacer lo que quieran, ningún recurso logrará alterar que separar la vida privada de la pública, es un axioma con un único interés: proteger las apariencias. ¿Somos una persona hasta que cruzamos el umbral de la puerta de casa y otra bien distinta cuando cerramos la puerta del portal de la calle? Cuando no hay continuidad no hay persona o lo que tenemos es una personalidad escindida y desde luego convendría, es de rigor, comparar las divergencias para desentrañar al enfermo, al geta o al energúmeno.
Una cosa es no molestar, perturbar el sueño o la tranquilidad ajena, invadir una propiedad privada, violentar un núcleo afectivo y otra bien distinta el deber de transparencia básico que hace posible la vida en comunidad. Somos transparentes porque hablamos, nos comunicamos, nos narramos, vivimos y somos observados cuando vivimos. Silvio Berlusconi no es sardo, pero es en Villa Certosa, Cerdeña, donde Silvio Berlusconi perpetra sus orgías simiescas. A Berlusconi también le observan y todo lo que vamos sabiendo ni siquiera produce bochorno o vergüenza ajena. Produce hilaridad y después terror. Ser un líder simiesco y un picha floja son sinónimos de un único axioma: hay que proteger las apariencias. Las chicas, las que le ríen las gracias al sardo Vergafloja, son más de lo mismo, almejones en busca de fortuna. Degradación.
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