La comunidad internacional, unida, ferrosa, metalúrgicamente comprometida, en un pacto de sangre, se dispone a entronizar a Manuel Zelaya, el infausto líder que hace unas horas pronunció una lección magistral en la Asamblea General de la ONU, dejando constancia, punto por punto, su indisimulado propósito de dinamitar la separación de poderes en Honduras y hacerse una juerga charra con la obra de Montesquieu. ¡Que asco! El caso Gabriel Zelaya, un caso de pasamanería, delicado, sagaz, desafiando todos los cánones establecidos por los servicios de inteligencia, utilizando la fuerza de la democracia, poniendo a prueba la astucia de la comunidad internacional, que no ha dado la talla, que no ha conseguido la nota, que tendrá que repetir curso en el mejor de los casos y abandonar el colegio en el resto de supuestos, es un caso de estudio y que dice mucho y malo de la obstinación de los hermanos Castro y de su paranoica necesidad de mofarse del gran imperio (EE UU). Los hermanos Castro fueron derrotados en Chile (Allende), en Nicaragua y en El Salvador, pero están triunfando ahora mismo en todo el continente, sacándose la espina, utilizando la vía de las urnas y la vía militar, una vía híbrida, para marear a Occidente, a Estado Unidos, a los demócratas y para alborozo de la izquierda casposa de Iberoamérica, acantonada entre los muros de sus universidades.
Iberoamérica está viviendo una involución atroz, dominada e influida por los hermanos Castro (Cuba), unos gandules que se entretienen en sacar provecho de la imbecilidad de la izquierda mundial y de las escasas entendederas del imperio del Norte, desde Clinton a Bush pasando por Obama, un imperio en pleno sopor, aturdido, confundido y en retroceso, atrapado en una cultura popular con sesgos energuménicos.
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