Las entidades financieras españolas, con bravura, con fiereza temeraria, han organizado una sobreoferta de viviendas con dos efectos perniciosos. El primero, muy visible, el de su quiebra financiera. El segundo, algo menos visible, el de la ruina de la mitad de España, la hipotecada, que está pagando por su vivienda un sobreprecio del 50%. y de la ruina de la otra mitad que contempla como sus bienes, en propiedad, se ha devaluado otro 50%. Es injusto sostener entidades tan estúpidamente temerarias y hacerlo —esto sí que es imprudencia— sin que paguen por sus prácticas, que algunos analistas han calificado de terrorismo financiero. Es muy injusto transferir toda la carga de la crisis a las familias hipotecadas. Si el precio se ha devaluado un 50%, qué menos que repartir las pérdidas entre la entidad financiera y el titular de la hipoteca. Lo lógico es que la entidad financiera asumiera el coste financiero de todos sus errores, errores cometidos en solitario y que han impuesto a los hipotecados. Aún hay más. Las entidades financieras, rozando el esperpento, han puesto en práctica la ejecución de las hipotecas —dicen ellos, con sorna, que para escarmentar a los malos pagadores— embargando y dejando a familias enteras en la calle.
¿Tiene algún sentido? No lo tiene desde el punto de vista financiero. Son viviendas condenadas al infraprecio (subasteros) y es una práctica que debilita y destruye todavía más el mercado inmobiliario residual existente. Sería muy útil para todas las partes cambiar depreciación de la vivienda, depreciación por sobreoferta y sobreprecio, por carencia hipotecaria de entre dos y cinco años, según los casos. Les hablo de suspensión temporal del pago de la hipoteca. Es mejor perder 30 o 50, una parte, que 100, la totalidad. Es mejor para las entidades financieras y es mejor para la sociedad española. Toca hablar de pérdidas y habrá que repartirlas. Las entidades financieras que tengan que quebrar que lo hagan. Y no sería nada práctico que las administraciones públicas, con el dinero del contribuyente, acudieran a convertir la carencia, que hace justicia a la depreciación, en mora avalada por ellas. La verdadera solución, la justa, es aplicar las leyes del mercado y cambiar depreciación por carencia hipotecaria. La ceguera financiera y el contubernio existente entre las entidades financieras y la clase política (aún más ciega e ignara), mantiene al sector inmobiliario, financiero y civil al borde de la quiebra y del ataque de nervios. La inacción, negando la mayor, está comportándose como una espoleta que puede activar la bomba de rencor y agresividad que poco a poco va tomando forma en el cuerpo social. Las ‘Plataformas Hogar’, con un esquema parecido al que aquí se formula, tardarán poco y nada en ser realidad porque real es la angustia en la que están sumidas muchas familias.
antonio.yuste@peatom.info





















