Willy, últimamente, dedicado en cuerpo y alma a propalar un ideal de juventud a tope de drogas, alcohol, noche y sexo salvaje, asunto que recrea en su última película After, padece problemas de tipo ontológico. Es un afección orgánica de difícil tratamiento. Willy Toledo confunde Libertad con tortura, Revolución con orgía de sangre, Vileza con socialismo, Igualdad con colectivización de la miseria y Liberación Sexual, a lo que vamos, con culto a todo tipo de parafilias. Piensa Willy Toledo que los hermanos Castro son revolucionarios puros. Y eso es lo que pensamos, por otra parte, el resto de la humanidad, a saber, autoritarios, ruines, mentirosos y gente muy peligrosa que estarían cultivando malvas en el corral de los quietos, allí donde existe pena capital, o cumpliendo cadena perpetua en el mayor parte de países libres por todas las felonías cometidas, todas las imaginables—. La humanidad sabe bien, a estas alturas, lo que es un revolucionario puro. Willy Toledo, sin embargo, que sufre la afección del mal ontológico, imagina que un revolucionario puro, al contrario que el común de los mortales, es un ser alado y justiciero que deglute sangre, claro que sí, pero solo de los enemigos de clase.
Para Willy Toledo, con nombre de héroe de fotonovela, los hermanos Castro son ídolos de masas, seres adorables y adorados, héroes anticapitalistas y antiimperialistas, listos para ocupar su sitio en el Olimpo de los Dioses, y quien se les opone, fue el caso de Orlando Zapata Tamayo que osó desafiarles con una huelga de hambre de 85 días, por imperativo teleológico, es un delincuente común. Lo que le pasa a Willy Toledo es que imagina lo que delira y delira lo que divaga porque padece una afección orgánica de difícil tratamiento. Tiene todas las entidades bailadas. ¿Quizá un transplante de masa encefálica? La de un mandril produciría mejores resultados que la suya propia. Transplántesele.
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