No hay tiempo para leer y no hay tiempo para la humildad. La Humanidad abomina de las palabras. A la Humanidad le interesan las imágenes dinámicas, en vídeo o en 3D, no le interesan las palabras. Las palabras ofenden y son juzgadas como impropias del estadio cultural en el que vivimos. Por eso los periódicos no venden. La gran paradoja es que las palabras, como las imágenes, son símbolos y estamos dejando de comprender los símbolos. Es falso que comprendamos mejor las imágenes dinámicas. La literatura más densa que se conoce está inscrita en las imágenes dinámicas. Los periódicos no venden y han pedido ser reestructurados con cargo al erario público. Se extinguen. Han solicitado el ingreso en la UVI del sistema público. Les hablo del problema de fondo. Existe otro problema, no obstante, epitelial, que se deduce de la percepción que tiene el común de los mortales del hecho periodístico. El interés general es asunto de menor cuantía. La Humanidad descree y desconfía del valor diferencial de los discursos públicos. Ha llegado a la absurda conclusión, uf, de que nada es capaz de alterar, suficientemente, su vida diaria, no importa quién gobierne, qué entorno legal y jurídico se padezca o qué ideas y conceptos triunfen (videojuegos y series de televisión).
La Humanidad se ha consagrado a un único deber: satisfacer sus deseos, cualesquiera. Y no admite, no tolera, es intransigente, con los obstáculos que se le oponen para alcanzar su meta. Despreciamos la realidad, los hechos ciertos y la siempre presente incertidumbre; despreciamos la humildad y nos deamos mecer por la soberbia. El hedonismo y lo banal se ha hecho trascendente y es un tipo de trascendencia que infla la factura psiquiátrica. Es falso que comprendamos mejor las imágenes dinámicas. ¿Palabras o imágenes? La respuesta es palabras e imágenes, que son símbolos que cada vez se comprenden peor. Los viejos paradigmas, decrépitos, son inapropiados e inservibles para la interpretación. El cambio se ha iniciado. El hecho más sobresaliente es la agonía de los viejos portavoces de la soberbia, los partidos políticos al uso, los periódicos, las televisiones y radios que, de una u otra manera, están operando bajo licencia.
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