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A José Bono se le debiera llamar a capítulo, leerle la cartilla y, a renglón seguido, con decisión, calzarse unos guantes de látex y arrancarle la implantación pilosa. Lo que los ciudadanos quieren conocer son los honorarios completos y bien detallados de sus señorías, el dinero que perciben a cuenta de los presupuestos generales del Estado y aquellos otros, los que fueren, por sus distintas actividades extraparlamentarias, bien declaradas e identificadas. Los ciudadanos quieren conocer, tenemos ese derecho, el patrimonio de sus señorías. Los representantes del pueblo tienen ese deber con los ciudadanos. La opacidad actual solo sirve al descrédito general de nuestras instituciones. Y téngase en cuenta que España padece de enormes grietas en todas sus instituciones, originadas por el seísmo de la corrupción galopante. Un seísmo que replica todos los días. El acceso de los ciudadanos a la declaración de actividades extraparlamentarias, tal como nos propone José Bono, —la Maribono, al que solo le falta la peineta— es una tomadura de pelo. Ahora entenderán porqué el susodicho se merece, en correspondencia, quedarse sin tupé. Y, por si el esperpento de sus señorías no es suficiente, ayer nos desayunamos con los 1.525 cargos de máxima confianza y de libre designación que ha nombrado, a dedo, Alberto Ruiz Gallardón (Alcalde de Madrid). Lo ha leído correctamente. 1217 cargos están asignados al propio Ayuntamiento, 95 pertenecen a distintas empresas municipales y 213 a distintos organismos autónomos que consolidan sus actividades dentro del presupuesto municipal (en total, 32 millones de euros). Lo que hace el fulano tiene dos nombres: nepotismo y despilfarro. ¿Cuántos cargos públicos acumulan los distintos alcaldes de España y los concejales? ¿Qué ingresan por todos los conceptos de los presupuestos públicos y cuánto por sus actividades extramunicipales? ¿Cuál es su patrimonio? Con los antecedentes de corrupción que padece España, ¿cómo debe interpretarse la resistencia numantina de nuestra clase política a cumplir con los estándares internacionales de transparencia? ¿Tenemos que sospechar de su actitud o, al contrario, culpabilizarnos por dudar de su inocencia? Sin transparencia y humillados. |
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